Rogelio, a quien ni su abuela ni su madre le hacían caso, se sentía muy ofendido, así que le lanzó una mirada de auxilio a Aldana.
—Todavía no ha comido.
Aldana parpadeó y le recordó en voz baja:
—¿Por qué no lo dejas que coma algo?
—Está bien.
Doña Marcela y Brunilda intercambiaron una mirada, dándole mucha importancia a las palabras de Aldana.
—Entonces, que se quede.
—Perfecto.
Rogelio se aflojó la corbata y esbozó una sonrisa resignada.
—No se queden mirando solo a su nuera, que su familia también está aquí.
—¡Ay, por Dios!
Al oír eso, doña Marcela reaccionó al instante, se dio una palmadita en la frente y se acercó a Gilda con entusiasmo.
—Tú debes ser Gilda, ¿verdad? Rogelio me ha hablado mucho de ti. Tan joven y ya tan exitosa.
—Finalmente tenemos la oportunidad de conocernos. La casa de los Lucero se siente honrada con tu presencia.
—Así es —agregó Brunilda, con una expresión amable y cálida en su rostro elegante y distinguido—. Ven a visitarnos más seguido.
—Son muy amables, señora Marcela, señora Brunilda.
Gilda dio dos pasos hacia adelante e inclinó ligeramente la cabeza.
—Gracias por todo el cariño que le dan a mi hermana.
Antes de venir, estaba bastante nerviosa. Después de todo, la familia Lucero era una dinastía de la alta sociedad, una de las familias más importantes, así que seguramente tendrían muchas reglas. No se esperaba que las matriarcas de la familia fueran tan sencillas. Cualquiera podía ver el cariño que le tenían a Aldana.
—Es lo que se merece —dijo Brunilda, dándole una palmadita en la mano a Aldana con una gran sonrisa—. Rogelio tuvo una suerte increíble al encontrar a una chica tan maravillosa como Aldi. Es una verdadera bendición para la familia Lucero.
—Gilda, por favor, pasa adentro —dijo doña Marcela en voz baja.
—Gracias.
Gilda asintió y siguió a Aldana.
***
En la habitación.
Héctor estaba sentado frente a su computadora, con la pierna herida apoyada en el sofá, revisando información.
«¿Gilda? ¿Gilda?», pensó Héctor.
Héctor se quedó paralizado por unos segundos, se levantó de un salto y corrió cojeando hacia la puerta. La abrió de golpe y preguntó emocionado:
—¿Quién? ¿Quién dijiste que vino?
—La señorita Carrillo.
—No, eso no, lo que dijiste después, ¿quién más?
—¿La hermana de la señorita Carrillo, Gilda? —respondió la empleada con cautela, sintiendo que los gritos le iban a reventar los tímpanos.
Tan pronto como terminó de hablar, Héctor la apartó y bajó corriendo las escaleras.
—Joven Héctor, sus muletas —dijo la empleada, corriendo tras él con las muletas en la mano.
Demasiado emocionado, al llegar abajo, Héctor casi tira un jarrón, pero logró sujetarlo a tiempo para que no cayera.
El ruido fue tan fuerte que todos se giraron a mirarlo.
—Abuela, tíos, papá, mamá —dijo Héctor, deteniéndose y saludando a todos—. Aldana, primo...
Cuando su mirada se posó en Gilda, su respiración se cortó y la palabra «hermana» se le quedó atorada en la garganta.

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