—Héctor, ¿no será que él...
—¿No será qué?
Rogelio levantó sus ojos profundos, fijó la mirada en el rostro de Aldana y sonrió con una pereza seductora.
—¡Quiere asesinar a mi hermana!
Aldana esquivó la mano de Rogelio y lo acusó con gran agitación:
—¿Héctor es tan mezquino? Solo fue una patada, y mira cómo la mira.
¡Vaya! La miraba de reojo, a escondidas, y no solo una vez. Si no hubieran estado en la mesa, le habría dado otra patada.
—Y eso que le regalé un coche deportivo —dijo Aldana, cada vez más exaltada—. ¡Estoy enojada!
—Tranquila, no te enojes.
Sabiendo lo protectora que era con los suyos, Rogelio se apresuró a calmarla.
—¿Quieres que me encargue de Héctor para desquitarte? ¿Le rompemos la otra pierna? Tú decides.
—No, no es para tanto.
Aldana hizo un puchero y, parpadeando sus largas y espesas pestañas, dijo en voz baja:
—Tampoco soy una matona.
—De acuerdo.
Rogelio soltó una risita, tomó la mano de ella y la metió en el bolsillo de su abrigo para tranquilizarla.
—En el futuro, no dejaremos que se vuelvan a encontrar.
—Bueno.
Aldana asintió y levantó la vista hacia la figura solitaria de Gilda, que caminaba delante de ellos. También sentía curiosidad. ¿Qué clase de hombre podría domar a su hermana, la mandona? Aunque... al menos debía cumplir un requisito: ¡que aguantara los golpes!
***
Tres días después, Aldana y Félix, tras innumerables experimentos con el antídoto, determinaron la fórmula final que se debía administrar.
—Después de que lo tomes, estaremos contigo. Si hay algún efecto secundario, actuaremos de inmediato —dijo Félix con el ceño fruncido.
VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Más que una niña: La rebelde y su protector