Aldana siguió desplazándose hacia abajo y vio la lista de invitados. Tal como esperaba, la fama de la señora Brunilda era innegable: todos los invitados eran de primer nivel. Incluso ella, que no seguía mucho a las celebridades, los conocía. Por el momento, solo se había anunciado la lista de las estrellas; el invitado del público aún no se había decidido.
Aldana le dio un «me gusta» en silencio. Lo apoyaría cuando se estrenara.
***
Aldana se quedó cuidando a Gilda. No durmió en toda la noche. Solo cuando la vio despertar, finalmente respiró aliviada.
—Después de desayunar, no olvides tomar esta medicina —dijo Aldana, dejando un pequeño frasco sobre la mesa. También le indicó a Eva que no preparara comida demasiado grasosa.
—Se me acabaron las vacaciones, tengo que volver a la universidad —dijo Aldana mientras se colgaba la mochila—. Mientras no esté, Félix se quedará contigo.
Aunque podría haber pedido más días libres, no quería poner a Plácido en una situación difícil. Había mucha gente que lo envidiaba y que estaba buscando cualquier excusa para causarle problemas.
—Ve tranquila a la universidad, tu hermana está bien —la consoló Gilda en voz baja.
—De acuerdo.
Después de dar todas las instrucciones, Aldana tomó su mochila y se fue.
***
Universidad de la Capital.
El consorcio tenía un asunto urgente, así que Aldana no dejó que Rogelio la llevara. Hoy había ido en su pequeña moto eléctrica. La moto, aunque modificada, no aparentaba gran cosa. Por fuera parecía vieja y desgastada, pero tenía una potencia increíble. No tenía nada que envidiarle a un deportivo de millones.
Apenas había estacionado su moto, un Porsche negro se detuvo justo detrás de ella. La técnica del conductor era tan mala que casi la choca.
Aldana se mantuvo firme y, con una mirada furiosa, se giró hacia atrás. Vio a Silvino Targo rodear el coche para abrir la puerta del copiloto, de donde salió Lucrecia Mendes, vestida de pies a cabeza con ropa de marca y con un maquillaje impecable.
—Hermanita.
Lucrecia, que ya había visto a Aldana, la miró de arriba abajo y fingió sorpresa.
—¿Cómo es que vienes a la universidad en esta moto destartalada?
«¿Moto destartalada?», pensó Aldana.
—Si podemos ayudar, lo haremos.
—Claro.
Los ojos de Silvino no se apartaron de Aldana, y su mirada se oscureció gradualmente.
—No es para tanto, no tengas vergüenza de pedirlo.
Antes, pensaba que, al ser reconocida como la hermana del famoso actor y tener otras identidades, era alguien a quien no podía permitirse ofender. Pero ahora, viéndola así, parecía que vivía peor que un mendigo. Las viejas ideas de Silvino comenzaron a resurgir.
—Ah, ¿sí?
Después de escuchar el numerito de ese par de tontos, Aldana bostezó y dijo con calma:
—Entonces, préstenme algo de dinero, para ver qué tan capaces son.
Ambos se quedaron helados. No se lo podían creer. ¿De verdad tenía el descaro de pedirlo?

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