—¡Aldana!
Unos compañeros que pasaban por ahí la saludaron.
—¿Ya regresaste del congreso?
—Sí.
Aldana abrió los ojos y les sonrió a sus jóvenes admiradores.
¡Ay, Dios! Una cosa era verla de lejos, y otra muy distinta era encontrarse de frente con ese rostro que enamoraba tanto a hombres como a mujeres. Y encima, sonreía.
Los chicos se sintieron inmediatamente cautivados y le sugirieron:
—Aldana, ¿entramos juntos?
—En un momento.
Aldana se aclaró la garganta y dijo en voz alta:
—La compañera Lucrecia y su novio están actuando como buenos samaritanos. Vieron que mi situación es bastante precaria y me dijeron que les pidiera lo que necesitara, que ellos me ayudarían sin dudarlo.
—¿Y qué les pediste? —preguntó uno de los chicos, acercándose con curiosidad.
—Les pedí dinero prestado —dijo Aldana, enarcando una ceja con indiferencia—. Ya que son tan capaces y de buen corazón, no creo que pedirles dos millones sea demasiado, ¿o sí?
¿Dos millones? Al oír esa cifra, Silvino se quedó atónito, y el rostro de Lucrecia cambió de color al instante. ¡Qué manera de pedir! Si hubieran sido unos miles, podrían haberlo considerado. ¡Pero dos millones! ¡Estaba loca de remate!
—¿No estaba la compañera Lucrecia presumiendo de que quería ayudar a Aldana? —intervino otro estudiante con sarcasmo—. Dos millones no deben ser nada para ustedes, ¿verdad?
Otros quizás no lo sabían, pero ellos sí. Aunque Lucrecia solía ser la hermana adoptiva de Aldana, las dos se habían distanciado hacía mucho tiempo. Incluso corrían rumores de que Silvino, al no poder conquistar a Aldana y descubrir que no era la verdadera heredera, había decidido ir tras Lucrecia. ¿Y ahora querían ayudar a Aldana? Seguramente era una excusa para presumir y burlarse de ella.
—Exacto.


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