Lucrecia se quedó sin palabras.
Al ver los ojos brillantes de los hombres y escuchar los halagos de las otras chicas, a Lucrecia, que hasta hace un momento se sentía tan orgullosa, se le borró la sonrisa de la cara.
El vestido de Aldana era de una marca muy barata, para nada comparable con el de ella.
«Solo tiene una cara bonita y un buen cuerpo, ¿qué tiene de especial?», pensó con desdén.
Todos esos hombres casi se le quedaban pegados con la mirada.
«Quién sabe lo fiestera que será en privado».
***
En la sala de dirección.
Brunilda miraba la pantalla con atención, frunciendo ligeramente el ceño.
—Ese vestido que le encontraron…
—Directora Brunilda, es el más conservador y cómodo que pudimos conseguir —se apresuró a explicar su asistente al escucharla—. Fue todo muy deprisa, y con la figura de la señorita Carrillo es difícil encontrar algo mejor.
—No te estoy echando la culpa.
Brunilda miró a su asistente y curvó los labios.
—El problema es la persona, no la ropa.
El asistente la miró confundido.
—Con esa cara y ese cuerpo, se vería bien hasta con un saco de papas encima —suspiró Brunilda.
Fue un error de cálculo por su parte.
Ese muchacho, Rogelio, debía estar en casa mordiéndose las uñas de los celos.
Pero no importaba.
Ella misma protegería a su futura nuera.
—
El club hípico.
Estaba ubicado al norte de la capital, ocupando una vasta extensión de terreno y con instalaciones de primera clase.
Varios caballos, engalanados para la ocasión, levantaban la cabeza y pateaban el suelo con sus cascos, observando con curiosidad a los invitados.
No muy lejos, un domador galopaba por la pista, tirando de las riendas, saltando con agilidad un obstáculo tras otro antes de detenerse en la meta.
—Ah.
Aldana tomó la fusta, se agachó para salir del vehículo y soltó con indiferencia:
«¿Que los caballos son dóciles?». Era la broma más grande que había escuchado en toda su vida.
Leonardo se quedó extrañado.
—
Una vez que todos estuvieron reunidos, los invitados, vestidos con sus trajes de equitación, entraron a la pista.
Primero, observaron a un domador cuidar de los caballos: alimentarlos, bañarlos y entrenarlos. Luego, escucharon atentamente las precauciones que debían tomar al montar.
—Ahora, me gustaría que alguien lo intentara —dijo el domador con una sonrisa—. ¿Hay algún voluntario?
—Yo —se levantó Lucrecia sonriendo—. Aunque ya he montado antes, hace muchos años que no lo hago. Si hago el ridículo, no se rían de mí, ¿eh?
—¿Lucrecia sabe montar? —preguntó Severo, sorprendido—. No lo parece, tan joven y con tantos talentos.
—Bueno, solo un poquito —respondió Lucrecia, sonrojándose ligeramente al recibir el cumplido.

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