En sus veintinueve años de vida, Rogelio nunca se había sentido tan ofendido.
De verdad.
Demasiado ofendido.
—¿Solo eso?
Aldana, después de escucharlo pacientemente, respondió con indiferencia.
—¿Que si solo eso?
La voz de Rogelio se elevó. Quería estallar, pero temía asustar a la chica.
—Voy al balcón a tomar un poco de aire.
El hombre la miró profundamente y se levantó por instinto, repitiéndose en su mente: «Es mi consentida, es mi consentida».
Pero justo cuando iba a moverse, lo empujaron de vuelta a su asiento. Las manos de la chica se posaron en sus hombros y su hermoso rostro se acercó a él.
Sus pestañas, densas y largas, parpadeaban como las de una traviesa hadita.
—¿Qué pasa? —Rogelio se sentó obedientemente, sujetándola por la cintura para que no se cayera, y soltó un bufido—. Sigue haciéndome enojar. Cuando me muera de rabia, a ver quién te sirve de almoha…
No llegó a decir la palabra «hada».
Los cálidos labios de la chica se posaron de repente sobre los suyos.
Cálidos y dulces.
—Se acabó el programa —dijo Aldana, mientras sus dedos recorrían el rostro de él, delineando sus marcados rasgos—. Te voy a hacer oficial.
—¿De verdad?
Rogelio le tomó la mano, visiblemente emocionado.
—Lo prometes.
Aldana se quedó perpleja por un momento y frunció el ceño con fuerza.
—¿Tan inseguro te hago sentir?
—Sí.
Rogelio se acercó y le besó la barbilla, transformándose en un cachorrito agraviado.
—Mi novia es demasiado perfecta, tengo miedo de que alguien me la robe.
—Está bien.
Aldana enarcó una ceja, se acercó a él y, con una sonrisa pícara, le susurró:
—Pórtate bien un poco más y en dos días te hago mi novio oficial.
La atmósfera se volvió íntima.
Justo cuando Rogelio se preparaba para dar el siguiente paso, alguien llamó a la puerta y la voz de su querida madre resonó en el pasillo:
—Aldi, ¿estás en la habitación?


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