—Aquí hay un montón de cosas deliciosas, te llevaré a probarlas.
«¿Deliciosas?».
Los ojos de Aldana se iluminaron de repente y miró instintivamente a Lourdes.
Justo cuando se preguntaba qué tipo de comida habría, Rogelio le tomó la mano, mostrando su cautela.
—Señorita Yáñez, ¿necesita algo más?
—No, nada.
Lourdes arqueó una ceja y, antes de irse, no olvidó mirar una vez más a Aldana.
—Hermanita, espero que nos volvamos a ver.
La sonrisa en sus labios se hizo más profunda.
«Después de todo, resulta que es una gatita salvaje y glotona».
«Hacía mucho tiempo que no me encontraba con una chica tan interesante».
«Ser su amiga debe ser muy divertido».
***
La subasta terminó.
Aldana y Rogelio se fueron cargados de compras.
—¿Volvemos directamente a la capital o quieres quedarte a pasear un par de días? —le preguntó Rogelio en voz baja, rodeándola por la cintura.
Lourdes había dicho que había mucha comida deliciosa, y por la expresión de la chica, parecía que tenía muchas ganas de probarla.
—Volvemos mañana.
Aldana frunció el ceño, con la mirada fija en un cartel publicitario a lo lejos.
«Casino Costa Oeste».
En este lugar, los casinos eran legales y se veían por todas partes.
El Costa Oeste era el más grande de todos.
—¿Cuánto gastamos en la subasta? —preguntó Aldana en voz baja, con una paleta en la boca.
—A ojo de buen cubero, unos quinientos millones —dijo Eliseo, revisando frenéticamente las facturas para dar una cifra aproximada.
Además del conjunto de la corona y la fusta, el jefe también había comprado una aguamarina natural.
Cuando Aldana le preguntó para qué la había comprado, el hombre solo sonrió levemente y respondió:
—Para regalársela a alguien de la familia más adelante.
«¿Más adelante?».
«¿Alguien de la familia?».
Probablemente era para Brunilda.
Aldana asintió con un «uhm» y no le dio más vueltas al asunto.
—Quinientos millones...
Aldana murmuró esas palabras. La sensación de gastar dinero como si fuera agua era demasiado dolorosa.
—Volvemos mañana. Hoy vamos al casino a desangrarlo un poco.

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