Vaya, vaya.
Esta chica sí que era lista.
¡Quienquiera que anduviera diciendo que era una inútil, iba a arrancarle la lengua!
—¿Eh?
Leandro se entusiasmaba cada vez más calificando, cuando de repente, las respuestas se detuvieron.
¿Se habían acabado?
—Profesor, calculé que usted pedía sesenta puntos, y yo hice noventa.
Aldana guardó sus cosas en la mochila con calma, su actitud era respetuosa y educada.
—¿Por qué noventa? —preguntó Leandro instintivamente, desconcertado por su jugada.
—Porque la vez pasada también saqué noventa —dijo Aldana, levantando su rostro pálido y delicado, con un tono pausado—. Es una manía.
Le había dado treinta puntos extra, seguro que le firmaría el justificante, ¿no?
Leandro, con el bolígrafo en la mano, se quedó completamente paralizado.
Entonces... ¿Podía controlar su calificación y sacar lo que quisiera?
—Profesor, ¿podría firmarme aquí, por favor?
Aldana sacó el justificante que había preparado de antemano y lo colocó respetuosamente sobre el escritorio.
—¿Ah? Ah, sí.
Leandro todavía estaba aturdido. Aturdido tomó el bolígrafo y aturdido firmó.
—Gracias, profesor.
—De nada.
Hasta que Aldana no se fue, el viejo no reaccionó. Se levantó de golpe, golpeó la mesa y se echó a reír a carcajadas.
—¡Vaya, hay esperanza! ¡El Instituto Altamira tiene salvación!
—¡En todos mis años de enseñanza, es la primera vez que me encuentro con una estudiante así!
—¡Aaaah!
Los profesores de otras materias, que pasaban justo por delante de la oficina de Leandro, lo oyeron gritar y se llevaron un buen susto.
Un nuevo rumor surgió: Aldana había vuelto a enloquecer al viejo profesor de física.
Y esta vez, la locura era aún más grave que la anterior.
—
Antes de salir de la escuela, Aldana buscó el itinerario de Leonardo.

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