[Jefa, le envié el informe a su correo.]
¿Ya estaban los resultados del ADN?
Los dedos de Aldana temblaron y las semillas de girasol que tenía en la palma de la mano cayeron al suelo.
Galileo, solícito, las recogió de inmediato y le ordenó a uno de sus compañeros que fuera a comprar otra bolsa.
Tras dudar unos segundos, Aldana abrió su correo y seleccionó el primer mensaje.
El informe era largo, pero de un vistazo vio el resultado final: similitud genética del 25%.
La similitud genética entre hermanos suele ser del 25%.
Para confirmar aún más la relación, la base continuó con la comparación genética.
La conclusión final fue: la relación entre las personas de las muestras es de hermano y hermana.
¡Hermano y hermana!
Esas dos palabras cayeron sobre su cabeza como dos rocas pesadas. Aldana se sintió mareada, incluso se olvidó de pensar.
Leonardo era su hermano mayor. ¿Ese maldito imbécil que la había señalado con el dedo y le había gritado que se largara, era su hermano?
No, no lo parecía.
—Tap.
Aldana tocó la pantalla con fuerza, cerró el correo y envió un mensaje: [¿Estás seguro de que el informe es correcto?]
Subordinado: [El equipo de nuestra base no suele tener problemas.]
Y añadió: [Claro que, con una muestra de sangre, sería más preciso.]
Aldana apretó el teléfono, se recargó en la pared y miró al cielo, sintiendo que la vida no tenía sentido.
—Aldana, ¿qué te pasa? —preguntó Elena, observándola con sus ojos redondos y curiosos.
¿Por qué de repente parecía como si la hubieran paralizado?
Aldana se levantó de golpe y empezó a meter sus cosas en la mochila de cualquier manera.
—Alda, en la tarde tenemos clase de regularización de física —le recordó Galileo en voz baja, mirándola con timidez.
¡La cara de Alda era un poema!
—Tengo un asunto.
Aldana se colgó la mochila y se dirigió directamente a la oficina de Leandro.
—¡Profe, necesito un permiso para ausentarme!
Leandro, al ver que era Aldana, abrió inmediatamente un cajón y sacó un examen que ya tenía preparado.
—¡Resuélvelo!
—Ah, claro.
Tres minutos.
Cinco minutos pasaron...
Aldana sostenía el bolígrafo sin intención de escribir, en su lugar, le dio varias vueltas al examen, mirándolo por delante y por detrás.
Leandro frunció el ceño, sumido en una profunda duda.
¿Será que la calificación de la última vez no era de fiar?
¿Se había alegrado para nada?
Justo cuando Leandro se agüitó, Aldana bajó la cabeza y finalmente comenzó a escribir.
Sin mirar las preguntas, marcaba A, B, C, D a una velocidad vertiginosa.
Después de terminar las preguntas de opción múltiple, continuó con los problemas de desarrollo, de nuevo sin mirar los enunciados, escribiendo directamente las respuestas.
Quince minutos después.
Aldana dejó el bolígrafo, revisó satisfecha el examen y se lo entregó a Leandro.
—Ejem, ejem.
Leandro se puso inmediatamente sus lentes para leer y tomó con impaciencia un bolígrafo rojo.
Zas, zas, zas, todo eran palomitas.

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