Parecía que Santiago tenía razón: donde hay mujeres, siempre habrá chismes, y ahora ella se había convertido en el platillo principal.
Lo que nunca imaginó fue que Clara fuera tan comunicativa y que el rumor corriera a tal velocidad.
Levantó la mano y tocó la puerta. Todas se giraron de golpe para verla y, al descubrirla de pie en el umbral, el pánico se apoderó de sus rostros.
Ignoró sus expresiones de espanto, entró con su taza, sirvió agua sin pronunciar una sola palabra y salió del área de descanso con la misma calma.
Al salir, no se alejó de inmediato; se quedó parada afuera unos minutos. Tal como esperaba, el interior se volvió un caos.
—Ya valimos, ya valimos, seguro escuchó todo lo que acabamos de decir. Ahora que es la consentida del presidente Jiménez, si abre la boca frente a él, ¿nos van a despedir?
—Seguro no nos escuchó, si no, ¿por qué no reaccionó?
En cuestión de un par de horas, la forma en que el departamento de secretarias la miraba había cambiado por completo. Pero ella no tenía ánimos para rebajarse a discutir.
Porque, al fin y al cabo, tenían razón en algo: ella había sido la que buscó al presidente Jiménez. Ella fue la que se metió en su cama.
Lo único que no entendía era por qué, si se había quedado dormida en su oficina, él simplemente no la despertó.
No solo no lo hizo, sino que la cargó hasta su sala de descanso.
Si tan solo la hubiera despertado, nada de esto habría pasado. ¿Cuál era su verdadera intención?
¿Acaso buscaba acorralarla para que se rindiera y decidiera renunciar al Grupo Central por su cuenta?
Durante los dos días siguientes, los sucios rumores sobre Magdalena se esparcieron por toda la empresa. Sin embargo, ella actuaba como si nada, cumpliendo sus horarios y haciendo su trabajo como siempre.
Cuando Camilo le llevó unos documentos a Renato Jiménez para que los firmara, aprovechó para mencionar el asunto de pasada. Renato lo escuchó sin hacer un solo gesto.
Camilo pensó que tal vez había hablado de más. Al ver que se acercaba la hora de la junta, se apresuró a recordarle:
—Presidente Jiménez, faltan diez minutos para que empiece la reunión.


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