Renato cerró el periódico que tenía en las manos.
—Nada mal.
Si él decía que estaba bien, ella se quedaba tranquila. Se sentó y comenzaron a desayunar. A las ocho cuarenta de la mañana, salieron de Bahía del Sur y condujeron hacia la mansión de la familia Jiménez.
Tras conducir por poco más de cuarenta minutos, llegaron a la mansión de los Jiménez. El escáner frente a los grandes portones de hierro forjado leyó la matrícula del vehículo y las puertas se abrieron automáticamente. Renato ingresó a baja velocidad y lo primero que apareció ante su vista fue la impresionante fuente decorativa.
El día anterior, al mediodía, él ya había llamado a la mansión para avisar que traería a Magdalena. Así que, al escuchar el ruido del auto, el mayordomo salió seguido del personal de servicio y todos saludaron al unísono:
—Joven señor.
Renato rodeó la parte delantera del auto y se acercó al asiento del copiloto para abrir la puerta. Magdalena bajó y se sorprendió un poco al ver aquel despliegue. Renato los miró a todos de reojo y declaró:
—A partir de ahora, ella es la joven señora.
Los empleados se miraron unos a otros. Sin la aprobación del señor y la señora de la casa, no se atrevían a usar el título de "joven señora" tan a la ligera, así que todos dirigieron su mirada al mayordomo.
El mayordomo, siendo un hombre muy astuto, sonrió y dijo:
—Joven señor, el señor y la señora de la casa los están esperando.
Usó la palabra "los", evitando referirse directamente a Magdalena como la joven señora.
Renato le entregó las llaves del auto al mayordomo con un tono tranquilo e indiferente.
—Saquen los regalos del maletero.
Magdalena estaba algo nerviosa y sentía una fina capa de sudor frío en las palmas de las manos. Renato le tomó la mano, desenredó suavemente los dedos que ella mantenía clavados en su propia palma, le acarició la mano con el pulgar y le habló en un tono cálido:
—Mis padres no son tigres, no son tan aterradores como imaginas. No tengas miedo, yo estoy aquí contigo.

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