También por esto, Octavio Sarmiento sentía más cariño por su hija Fátima, mientras que con Magdalena siempre mantenía una actitud distante.
Además, como a don Jonás Sarmiento no le agradaba Magdalena, desde pequeña la habían enviado a vivir con su abuela en Villa del Sauce, y no fue hasta los trece años, cuando su abuela falleció, que regresó a la familia Sarmiento.
Magdalena se quedó de pie, rígida. Beatriz intervino para sacarla del apuro:
—Suegro, falta solo medio mes para su cumpleaños número ochenta. Magdalena regresó especialmente para celebrarlo con usted —dijo, lanzándole una mirada significativa a la joven.
Magdalena fingió no verla y se quedó en silencio. De no haber sido por la insistencia de Beatriz, jamás habría regresado al país por una fiesta de cumpleaños que le parecía sin importancia.
En toda la familia Sarmiento, solo Beatriz y Fátima la trataban bien, pero desde que Fátima se casó con Lázaro Guzmán, se había formado una barrera entre ellas.
Para ser exactos, esa distancia era algo que solo ella sentía.
Fátima seguía tratándola como antes: cuando se enfermaba, se preocupaba por ella y estaba atenta a todas sus necesidades.
Pero Magdalena no podía superar el pasado, por lo que se alejaba intencionalmente de Fátima, y la relación entre las hermanas ya no era la misma.
Octavio Sarmiento no quería que el regreso de su hija menor arruinara la paz de la casa, así que apoyó a Beatriz:
—Papá, Magdalena me llamó hace unos días preguntando qué regalo le gustaría. Se ha esforzado mucho para prepararle algo especial.
Si Octavio no lo hubiera mencionado, a Magdalena se le habría olvidado por completo el asunto del regalo. Menos mal que aún quedaba medio mes, tiempo suficiente para buscarle algo a don Jonás.
Al escuchar a Octavio, don Jonás se contuvo de hacer un coraje, aunque mantuvo el ceño fruncido.
A Magdalena no le importó. En sus recuerdos, el abuelo siempre la miraba con cara de pocos amigos.
La única vez que le había mostrado una sonrisa fue cuando, a los dieciséis años, logró entrar a la mejor preparatoria del estado con el primer lugar de su generación, la misma escuela a la que Fátima había entrado usando las influencias de la familia.
El teléfono de la sala sonó. Beatriz, que estaba justo al lado, contestó.
No se escuchó lo que decían del otro lado, pero ella respondió con una sonrisa radiante:
—Bien, todo estuvo muy bien. ¿Por qué no trajeron a Reina?
Fátima respondió con dulzura:
—Como íbamos a salir a cenar, era un poco complicado traerla.
Al caer la noche, el grupo llegó al restaurante y el mesero los guio hasta un salón privado.
Fátima se sentó a la derecha de don Jonás y se la pasó contando anécdotas divertidas que lo hacían soltar carcajadas.
Don Jonás hablaba de las costumbres de Auckland y de sus paisajes, y todos lo escuchaban fascinados.
La mesa entera conversaba animadamente; la única que permanecía en silencio era Magdalena, quien se sentía completamente fuera de lugar en esa reunión familiar.
Se sentía asfixiada, como si fuera una desconocida, así que, usando el baño como excusa, salió del salón.

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