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Me Casé con el que Pagó Mi Venganza romance Capítulo 198

Magdalena aún era muy joven, y su figura era tan delgada que parecía frágil. Los trajes de oficina tan formales y los peinados conservadores no le hacían justicia. Vestida de forma casual, lucía vibrante y encantadora, como una hermosa postal de primavera.

Cuando Magdalena bebía su segundo trago de agua, sintió un repentino calor en el bajo vientre. Hizo un cálculo mental rápido de sus días y se dio un suave golpe en la frente, llena de frustración.

Al notar su curioso gesto, Renato la miró fijamente a los ojos.

—¿Qué sucede?

Ella cerró la botella, apoyó las manos en la baranda y, con una expresión incómoda, murmuró:

—Voy a ir al supermercado.

Renato la sujetó por la muñeca y frunció ligeramente el ceño.

—¿Qué pasa exactamente?

Su hermoso y delicado rostro se puso tan rojo que parecía a punto de estallar. Tartamudeando, logró decir:

—Voy a comprar unos artículos de cuidado personal.

Al notar su evidente vergüenza, él comprendió de qué se trataba. Con una voz calmada y seria, le dijo:

—Te acompaño, necesito comprar cigarrillos.

Ella intentó zafarse con una sonrisa nerviosa. ¿Cómo iba a dejar que su jefe la acompañara a comprar *eso*?

—Presidente Jiménez, dígame qué marca fuma y se los traigo. No tiene que molestarse en bajar.

Él la miró de reojo con esa frialdad característica suya.

—Aprovecharé para estirar las piernas.

—¿Qué esperas para entrar?

Finalmente, Magdalena entró. Él presionó el botón del primer piso y las puertas se cerraron para comenzar el descenso.

Se estaban quedando en el hotel más lujoso de Ribera Alta, por lo que el lugar estaba repleto de huéspedes. Al subir en el último piso, donde estaba la suite presidencial, el ascensor estaba vacío, pero a medida que bajaban, se detenía en cada piso y entraba más gente.

Pronto, el ascensor se llenó, empujando a Magdalena hacia el rincón. Tras su ducha, se había puesto zapatos de piso, y rodeada de tanta gente, casi desaparecía entre la multitud.

Sin decir una palabra, Renato se movió para colocarse frente a ella, bloqueando a los demás para evitar que la aplastaran. Su figura imponente era como una montaña sólida que la protegía del caos.

Mirando su amplia espalda, Magdalena sintió que el corazón le daba un vuelco. Levantó la mano y trazó un par de líneas invisibles sobre su saco.

A pesar de la tela, Renato sintió claramente las yemas de sus dedos dibujando letras en su espalda. Una pequeña sonrisa se dibujó en las comisuras de sus labios, suavizando las líneas duras de su rostro e iluminando su mirada.

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