Después de salir del salón privado, Camilo no volvió a aparecer.
Cuando la cena llegó a su fin, los únicos sobrios eran Magdalena, que solo había bebido leche, y Camilo, que se había marchado a la mitad.
Renato, aunque había bebido bastante, no se tambaleaba como los demás. Aparte del leve rubor en sus mejillas, actuaba con total normalidad.
Camilo llamó varios taxis y, junto a Magdalena, ayudó a subir a cada uno de los invitados. Luego, fue al estacionamiento por el auto.
Magdalena regresó al salón a buscar a Renato. Al empujar la puerta, se quedó paralizada por un instante.
Renato se había desabrochado los dos primeros botones de su camisa blanca, dejando al descubierto su piel bronceada. Tenía un brazo apoyado perezosamente en el respaldo de la silla contigua. Aquella postura despreocupada lo hacía lucir increíblemente atractivo. Sus facciones frías y perfectas parecían haberse suavizado bajo el efecto de la luz.
Tal vez por la influencia de las copas, sus ojos profundos tenían un brillo neblinoso y embriagador. Medio ocultos por sus espesas pestañas negras, desprendían un aura misteriosa y fascinante.
Mientras despedía a los invitados, Magdalena le había pedido a un mesero que preparara un té especial para la resaca.
Renato tomó un sorbo del té y preguntó con la voz ronca:
—¿Ya se fueron todos?
—Ya los despedimos a todos —respondió ella. Al verlo ponerse de pie, se apresuró a tomar su saco del perchero y se lo entregó.
Renato lo tomó, se lo puso y ambos salieron del salón, uno detrás del otro.
Magdalena lo observaba de reojo y, al notar que caminaba con paso firme, suspiró aliviada en silencio.
Al salir del club, la brisa nocturna los recibió con un ligero toque gélido. Camilo ya los esperaba en la entrada con el auto encendido.
De camino al hotel, el auto de repente se detuvo en seco.
Camilo bajó a revisar debajo del cofre. Tras unos minutos, volvió para informar a su jefe.
—Señor Jiménez, tuvimos un problema mecánico. Probablemente tarde un rato en solucionarlo.
Renato abrió los ojos lentamente y frunció el ceño.
—¿Cuánto tiempo?

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