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Me Casé con el que Pagó Mi Venganza romance Capítulo 203

El nombre de Lázaro Guzmán viviría para siempre en el fondo de su corazón, pero ya nunca volvería a ser el único.

Se recargó contra la barandilla y dejó que su mirada vagara hacia los inmensos rascacielos al otro lado. Las luces intermitentes de los anuncios teñían la noche de Ribera Alta de brillantes colores.

—No se trata de poder dejar ir algo o no; todas esas cosas ya quedaron atrás —respondió ella con la mirada ausente—. Cada uno de nosotros tendrá que vivir situaciones que preferiría evitar. También habrá personas que solo estarán de paso en nuestras vidas. Si tuviéramos que aferrarnos a cada pequeña cosa que sucede, ¿no terminaríamos agotados?

Soltó una risa tenue, apartó los cabellos que el viento le había revuelto sobre el rostro y continuó:

—Todo lo que quedó en el pasado, el tiempo se encarga de borrarlo. Incluso ese amor verdadero por el que una vez lo habrías dado todo termina convirtiéndose en algo monótono. Al final, solo sobrevive en nuestros recuerdos más vívidos, pero jamás podrá volver a despertar esa pasión ardiente de la juventud.

Renato escuchó sus palabras sumido en el silencio. Luego de un largo rato, curvó los labios en una sonrisa cargada de burla hacia sí mismo.

Sintió que había vivido sus veintiocho años en vano. A pesar de haber atravesado innumerables tormentas en el implacable mundo de los negocios, no lograba comprender la vida con la misma claridad ni ver las cosas con tanta transparencia como ella.

Sin darse cuenta, caminaron hasta llegar a los muelles. Mientras contemplaban las coloridas luces al otro lado de la orilla, una paz inmensa invadió sus corazones.

Renato giró la cabeza para mirar a la mujer a su lado. Tenía los ojos cerrados y tomaba respiraciones profundas, como si estuviera absorbiendo con intensidad el alma y la esencia de Ribera Alta.

Su pequeño y delicado rostro quedaba parcialmente oculto tras los mechones alborotados de su cabello; su barbilla sutilmente alzada trazaba una línea elegante, y su perfil lucía sereno y encantador.

El abrigo le quedaba demasiado grande, resaltando aún más su figura menuda. Parecía tan frágil que daba la impresión de que una fuerte ráfaga de viento podría arrastrarla.

Él apartó la mirada y la enfocó nuevamente en el río.

—De pronto me da curiosidad, ¿cómo lograste sobrevivir sola en California?

Lejos de ofenderse, Magdalena estalló en una carcajada ante su comentario y le sacó la lengua de forma juguetona.

Pasado un buen rato, la sombra de tristeza que asomaba en los ojos de Renato desapareció sin dejar rastro, reemplazada por su habitual indiferencia y calma.

—Supongo que ya fue suficiente tiempo. Regresemos.

Él dio el primer paso y ella corrió suavemente detrás para alcanzarlo. Regresaron por el mismo camino hasta donde Camilo acababa de reparar el auto y ya tenía el celular en la mano, a punto de llamarles.

Eran pasadas las once de la noche cuando volvieron al hotel. Tras una rápida ducha, Magdalena cayó dormida al instante.

En la suite presidencial, Renato estaba de pie en el balcón frente al río. Tenía la mano izquierda metida en el bolsillo de su pantalón de vestir y, en la derecha, sostenía una copa de vino. La luz del balcón era tenue, dándole al líquido un tono amarillento.

Bajo el manto oscuro del cielo, su mirada profunda se volvía aún más inescrutable, como el ojo agudo de un halcón entre las sombras. Había un rastro de melancolía entre sus cejas, casi imposible de percibir.

De la nada, las palabras que Magdalena había pronunciado junto al río inundaron su mente. Visualizó una y otra vez la expresión de absoluta liberación que ella había mostrado tras decirlas.

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