Ese sentimiento había sido tan crudo y real, tan brutalmente nítido que, incluso al recordarlo en ese mismo instante, su cuerpo entero se estremecía por el miedo contenido.
Cerró los ojos con fuerza. Ese nivel de pánico era algo que no había experimentado desde hacía seis años, desde que esa persona lo abandonó.
Pero el día de hoy, había vuelto a experimentarlo. Y no solo eso; después de pasar años enteros bajo absoluto control, acababa de gritarle perdiendo por completo la razón.
Aquel era un pésimo presagio.
Aunque Renato presentaba raspaduras en varias partes, no era nada grave, solo algo de piel levantada. Magdalena limpió las heridas con desinfectante, envolvió su mano en una capa de gasa y realizó un vendaje bastante decente.
El hecho de que el gran jefe hubiera sufrido un accidente y saliera lastimado dentro de la obra dejó al grupo de directivos temblando como hojas por las posibles represalias.
Especialmente para Vicente, el encargado del proyecto, la situación era terrorífica. Armándose de valor, sugirió:
—Señor Jiménez, ¿quiere que vayamos al hospital para que le hagan un chequeo general?
Pero Renato ignoró por completo la sugerencia y, frunciendo el ceño, exigió saber:
—¿Cómo es posible que cayera material de acero de repente? ¿Hubo algún problema con el equipo?
Al verlo con esa expresión tan lúgubre, a Vicente el corazón le empezó a latir a mil por hora.
—Me encargaré de revisarlo ahora mismo.
Vicente salió de la zona de descanso sudando frío, agradeciendo en el fondo de su alma que a la asistente no le hubiera pasado nada. El hecho de que el presidente hubiera arriesgado su propia vida para salvarla confirmaba que su relación no era la de simples compañeros de trabajo. Si a ella le hubiera ocurrido una tragedia, él ya podría irse despidiendo de su puesto gerencial.
El supervisor Larios apareció poco después con unos cuantos ayudantes que cargaban cajas de comida empaquetada, repartiéndolas entre los directivos.
Si normalmente Renato no soportaba el sazón de Ribera Alta, ahora, cubierto de tierra y en un estado tan deplorable, tenía aún menos apetito.
Como había ropa de repuesto en su auto, Camilo entró a buscarla. La zona no contaba con regaderas, así que su asistente le preparó una palangana con agua. Renato se dio un baño improvisado y se cambió rápidamente por prendas limpias.
Después de que Magdalena se marchara, Renato volvió a la zona de descanso improvisada. Los demás líderes estaban almorzando en el cuarto de al lado. Tomó la caja de comida que habían dejado en su lugar; al abrirla y ver el contenido, sus cejas se juntaron de inmediato en un gesto de repulsión. Con un esfuerzo sobrehumano, apenas logró comerse un par de bocados.
Magdalena tomó un taxi para volver a su hotel. Antes de subir, intentó sacudirse todo el polvo de la ropa, pero el desastre en ella era más que evidente.
El chofer, al verla tan sucia y desaliñada, no paraba de mirarla a través del espejo retrovisor, abriendo la boca como si quisiera preguntarle algo y arrepintiéndose al instante.
Magdalena cerró los ojos para descansar durante el trayecto. No le importaba la mirada del taxista; por su expresión, la miraba como si la acabaran de asaltar, pero ella estaba demasiado cansada como para ponerse a darle explicaciones a un desconocido.
Bajo los extraños escrutinios del chofer, finalmente llegaron al destino. Le extendió un billete y, sin esperar su cambio, se bajó del coche y caminó a toda prisa hasta el lobby.
Al entrar en su habitación, se dio una larga ducha. Salió del baño secándose el cabello con una toalla, encendió el televisor y se sentó en el sofá cruzada de piernas.
Estaban transmitiendo un evento de donación benéfica. En la pantalla, la cámara enfocó de repente a una pareja. El hombre lucía elegante y apuesto, enfundado en la clásica camisa blanca y un traje negro de altísima costura que resaltaba aún más su innegable porte y carisma.

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