La mujer, a su lado, deslumbraba con luz propia. Llevaba un elegante vestido rojo que barría el piso, con un escote en V. Su cabello castaño estaba arreglado en rizos perfectos, cayendo hacia un lado de sus hombros; su maquillaje era impecable y sus labios rojos derrochaban coquetería y encanto.
Las pupilas de Magdalena se contrajeron bruscamente y el color huyó de su rostro. Sus espesas pestañas negras comenzaron a temblar y por poco tritura el control remoto que sujetaba con fuerza.
Comenzó a rebuscar frenéticamente su celular dentro del bolso. Tal vez por la ansiedad, o porque había demasiadas cosas dentro, no lograba encontrarlo. Desesperada, vació todo el contenido sobre el sofá, logró sacar el aparato y marcó de inmediato el número de esa persona.
El teléfono sonó durante todo un minuto, hasta que una voz robótica le informó:
—El número que usted marcó no está disponible por el momento. Por favor, intente de nuevo más tarde.
Sus ojos oscuros y brillantes, nublados por el resentimiento, se clavaron en la pareja de la televisión. La mujer que acompañaba a ese hombre tenía una sonrisa deslumbrante y encantadora, pero a Magdalena aquella imagen le pareció detestable.
Apretó el celular en su puño y, tras una breve vacilación, buscó en sus contactos otro número.
Fátima Sarmiento acababa de salir de la sala de juntas cuando su celular empezó a vibrar. Al sacarlo y ver que era Magdalena, contestó de inmediato y se lo llevó a la oreja:
—¿Magda?
El programa seguía transmitiéndose en la pantalla. La mirada de Magdalena seguía pegada a la figura de aquellos dos caminaban juntos, y su voz delató su indecisión:
—Fátima...
Al ver que era ella quien llamaba por iniciativa propia, Fátima pensó lo peor y preguntó:
—¿Pasó algo malo?
Pero al escuchar el tono dulce y reconfortante de Fátima, las palabras impulsivas que Magdalena había estado a punto de soltar se le atascaron en la garganta y terminaron de disolverse. Tragó saliva y dijo en su lugar:
—En realidad no pasa nada, es solo que te extraño un poco, por eso te llamé.
El hecho de que Magdalena la llamara por cuenta propia para decirle que la extrañaba sorprendió enormemente a Fátima, y aquella sorpresa venía acompañada de una cálida alegría.
Lázaro Guzmán, quien ya había previsto esa locura, esquivó con astucia a las hordas de reporteros y guio a Bianca Silva en secreto por la puerta trasera.
Mateo, su asistente, ya los esperaba allí con el auto en marcha. Al verlos aparecer, se bajó apresurado para abrir la puerta trasera. Lázaro entró al vehículo, seguido por Bianca, quien abordó por la otra puerta.
Lázaro se recargó pesadamente en el asiento y levantó la mano para frotarse el puente de la nariz. En medio de la penumbra del interior del auto, sus rasgos apuestos lucían sombríos y enigmáticos.
De pronto, un perfume empalagoso inundó sus fosas nasales, y un par de manos suaves e intencionadas se posaron en sus sienes, masajeándolas con excesiva suavidad.
Abrió los ojos de golpe, espantó esas manos de un manotazo con evidente disgusto y le clavó a Bianca una mirada fría y hostil.
Bajo el peso de aquellos ojos gélidos, el corazón de Bianca dio un vuelco. Se obligó a poner una expresión de profunda tristeza y sumisión.
—Te vi tan cansado, por eso solo quería... Lo siento, me pasé de la raya.

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