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Me Casé con el que Pagó Mi Venganza romance Capítulo 244

Lo intentó dos veces, pero el teléfono de Andrés siempre daba tono de ocupado. Sin más opciones, decidió marcarle a Lázaro Guzmán. Por la estrecha relación que ambos compartían, Lázaro debía saber cómo estaban las cosas.

A Lázaro le sorprendió recibir su llamada. Cuando ella le preguntó por el Consorcio Vargas, él evitó darle detalles y solo se limitó a decirle que no se preocupara.

Al terminar la llamada, la cafetera indicó que estaba lista. Magdalena tomó la taza personal de Renato, la llenó, pero tras dar un par de pasos, se detuvo. Regresó al mostrador, le agregó un poco de azúcar y, finalmente, se dirigió a la oficina de presidencia.

Tras tocar la puerta, escuchó el "Adelante" de Renato. Entró y colocó la taza de café a un lado de su mano. Lo observó concentrado en su trabajo; quiso decirle algo, pero al final decidió guardar silencio y salir de la habitación.

Minutos después, Renato tomó la taza y le dio un sorbo. Frunció levemente el ceño y no volvió a tocarla.

Media hora más tarde, Magdalena llamó de nuevo a la puerta con unos documentos en mano. Se los entregó para que los revisara.

Renato les dio un vistazo rápido, tomó su pluma, firmó con un trazo firme y elegante, y se los devolvió. Sus delgados labios se movieron con frialdad.

—La próxima vez, no tomes iniciativas por tu cuenta.

Ella miró de reojo la taza de café, prácticamente llena.

—Presidente Jiménez, usted pasa todo el día trabajando y no come a sus horas; eso de por sí es malo para el estómago. Si además toma café sin azúcar todos los días, se hará más daño.

Una extraña emoción cruzó por la profunda mirada de Renato. Levantó la vista de la pantalla, encontrándose con los ojos cristalinos de ella, que lo miraban con absoluta sinceridad. Él desvió la mirada ligeramente.

—Vete.

Magdalena abrazó las carpetas y volvió a su lugar para seguir trabajando, sin darle mayor importancia al pequeño altercado.

Mientras tanto, el hombre en la oficina se quedó mirando la puerta cerrada, y su rostro impasible se relajó un poco.

Miró la taza a su lado, la levantó y bebió. Aunque el café ya estaba frío y había perdido su delicioso aroma, se lo tomó por completo.

—Mejor así.

Fátima sintió un escalofrío, y su mirada siempre serena se llenó de inquietud.

—No olvides que Magdalena también se apellida Sarmiento.

La luz cálida del estudio iluminaba el atractivo rostro de Lázaro. Entrecerró sus oscuros ojos mientras se frotaba el dorso de la mano izquierda con el pulgar derecho.

Llevaban tres años viviendo bajo el mismo techo, y Fátima conocía bien esa maña: era su forma de demostrar disgusto.

Pero por el bien de su familia, no le quedó más remedio que seguir tocando el tema, aun sabiendo que Magdalena era el punto débil de su esposo.

—Si Magdalena se entera de que podías ayudar a nuestra familia y decidiste cruzarte de brazos, ¿no crees que te odiará aún más?

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