La palabra "odiar" se clavó en el pecho de Lázaro como una cuchilla afilada, abriendo una herida sangrante. Su semblante se ensombreció de inmediato.
—Sé perfectamente lo que hago, no necesito que me des lecciones.
Al escuchar su tono cortante, Fátima supo que lo había hecho enojar, así que apretó los labios y guardó silencio.
En ese instante, el teléfono de Lázaro rompió el tenso silencio de la habitación.
Él contestó. Sea lo que fuere que le dijeron al otro lado de la línea, hizo que se pusiera de pie de un salto. Colgó, tomó las llaves del auto que estaban sobre el escritorio y salió a toda prisa.
Fátima corrió tras él.
—¿Le pasó algo a Magdalena?
—Matías Guzmán tuvo una crisis, está en el hospital —respondió él, bajando las escaleras sin siquiera molestarse en cambiarse de ropa.
Fátima se detuvo en el pasillo.
—¿Quieres que te acompañe?
Lázaro volteó a verla de reojo. Sus labios dibujaron una mueca despiadada, y sus palabras destilaron un veneno escalofriante.
—Solo voy a ver a qué hora se muere.
Cualquiera que lo hubiera escuchado se habría quedado horrorizado al ver que un hijo, en lugar de preocuparse por la salud de su padre, solo esperaba su muerte. Pero para Fátima no fue ninguna sorpresa. Con la misma tranquilidad de siempre, le dijo:
—Conduce con cuidado.
[...]
Pasaron quince días antes de que Magdalena volviera a cruzarse con Andrés Vargas. Había llegado la hora de salida; ella apagó su computadora y arregló sus cosas para marcharse, cuando Camilo se acercó a su escritorio.

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