Magdalena dio un paso hacia atrás para dejarlo salir. Él cerró la puerta y comenzó a caminar con pasos firmes hacia el ascensor, poniéndose el saco en el trayecto.
Ella tomó su bolso a toda prisa y lo siguió, llenando el silencioso pasillo con el eco combinado de sus tacones y los elegantes zapatos de él.
Gracias a sus largas piernas, Renato llegó primero. Presionó el botón de llamada y, mientras se ajustaba los gemelos, recordó algo. Empezó a palpar los bolsillos de su pantalón y de su saco.
—¿Pasa algo, Presidente Jiménez? —preguntó ella, acercándose.
Al confirmar que le faltaba algo, él respondió con su habitual calma:
—Olvidé mi celular en la oficina.
—Enseguida se lo traigo.
Magdalena volvió sobre sus pasos. Al abrir la puerta, escuchó el timbre del teléfono. Se acercó al escritorio; la pantalla iluminada mostraba el contacto "La familia Jiménez", pero dejó de sonar casi de inmediato.
Justo cuando lo tomó y se disponía a salir, volvió a timbrar, mostrando el mismo nombre.
Pensando que podía tratarse de una emergencia, ya que era la segunda llamada, dudó un segundo antes de contestar.
Apenas se llevó el aparato a la oreja, una voz femenina y madura habló:
—Renato, tienes que venir a la casa hoy.
—El Presidente Jiménez no se encuentra en este momento —dijo Magdalena despacio, y para evitar malentendidos, añadió—. Soy su secretaria.
Hubo un breve silencio del otro lado de la línea.
—Transmítele el mensaje en cuanto lo veas —ordenó la mujer.
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