Magdalena dio un paso hacia atrás para dejarlo salir. Él cerró la puerta y comenzó a caminar con pasos firmes hacia el ascensor, poniéndose el saco en el trayecto.
Ella tomó su bolso a toda prisa y lo siguió, llenando el silencioso pasillo con el eco combinado de sus tacones y los elegantes zapatos de él.
Gracias a sus largas piernas, Renato llegó primero. Presionó el botón de llamada y, mientras se ajustaba los gemelos, recordó algo. Empezó a palpar los bolsillos de su pantalón y de su saco.
—¿Pasa algo, Presidente Jiménez? —preguntó ella, acercándose.
Al confirmar que le faltaba algo, él respondió con su habitual calma:
—Olvidé mi celular en la oficina.
—Enseguida se lo traigo.
Magdalena volvió sobre sus pasos. Al abrir la puerta, escuchó el timbre del teléfono. Se acercó al escritorio; la pantalla iluminada mostraba el contacto "La familia Jiménez", pero dejó de sonar casi de inmediato.
Justo cuando lo tomó y se disponía a salir, volvió a timbrar, mostrando el mismo nombre.
Pensando que podía tratarse de una emergencia, ya que era la segunda llamada, dudó un segundo antes de contestar.
Apenas se llevó el aparato a la oreja, una voz femenina y madura habló:
—Renato, tienes que venir a la casa hoy.
—El Presidente Jiménez no se encuentra en este momento —dijo Magdalena despacio, y para evitar malentendidos, añadió—. Soy su secretaria.
Hubo un breve silencio del otro lado de la línea.
—Transmítele el mensaje en cuanto lo veas —ordenó la mujer.
En ese lapso, Renato devolvió la llamada. Le contestó un empleado de la casa, a quien le encargó avisar que tenía un compromiso de negocios muy importante y que iría de visita al día siguiente.
Al llegar al restaurante, el gerente los condujo a un salón privado donde ya había cuatro o cinco personas esperando. Hacía quince días que Magdalena no veía a Andrés Vargas, y allí estaba.
Llevaba un traje azul marino y estaba conversando animadamente con la persona a su lado. La repentina entrada del gerente y sus invitados los interrumpió; Andrés y Magdalena se miraron con evidente asombro.
Los presentes se pusieron de pie para saludar a Renato, quien estrechó la mano de todos con cortesía y frialdad, para luego tomar asiento. Magdalena se sentó a su izquierda.
Alguien de la mesa no tardó en reconocerla.
—Gerente Vargas, ¿no es la señorita secretaria del Presidente Jiménez su prometida?
Aunque no la habían presentado formalmente, el hecho de que vistiera ropa de oficina dejaba claro que trabajaba para el Grupo Centauro como secretaria de Renato.

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