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Me Casé con el que Pagó Mi Venganza romance Capítulo 247

Justo cuando Andrés, con una sonrisa en el rostro, se disponía a responder, los finos dedos de Renato comenzaron a deslizarse sobre su taza de té. Bajo la luz del lugar, sus manos parecían talladas en porcelana fina.

—La fiesta de compromiso se canceló, así que todavía no son prometidos —dijo Renato con una media sonrisa.

Su tono fue sereno, casi como si solo estuviera mencionando un dato sin importancia. Sin embargo, en medio de esa supuesta indiferencia, Magdalena captó un matiz abrumadoramente dominante.

El hombre que había hablado soltó una carcajada.

—Bueno, en cuanto el Consorcio Vargas estabilice sus asuntos, supongo que todos podremos brindar por ese compromiso —añadió, lanzando una mirada pícara hacia Andrés y Magdalena.

—No estén tan seguros, tal vez el próximo brindis sea directo por la boda —bromeó Andrés, sin borrar su sonrisa.

Renato le clavó una mirada glacial. Su expresión era imperturbable, pero la línea recta de sus labios y el brillo amenazante en sus ojos dejaban claro que no le había hecho ninguna gracia el comentario.

Después de unas cuantas copas, la plática se enfocó de lleno en los negocios. Magdalena no prestaba mucha atención; sus ojos estaban fijos en el plato de camarones picantes que estaba al otro lado de la mesa.

Renato notó su mirada anhelante de reojo. Con un destello de diversión en sus ojos, acercó el platillo hacia él sin decir palabra, tomó sus cubiertos y se sirvió un camarón antes de seguir con la conversación.

Al quedar el plato justo a la derecha de Magdalena, le fue mucho más fácil servirse. Se comió varios de un tirón.

Al escucharla jadear por el picante, Renato la miró y notó que tenía los labios enrojecidos. Frunció el ceño.

—Si te pica tanto, no comas de más. Te hará mal al estómago.

Ella se bebió su vaso de agua de un solo trago, pero el ardor no cedía. Renato llamó al mesero para que le sirviera más agua.

Los demás invitados intercambiaron miradas cómplices al ver la naturalidad con la que el presidente la cuidaba. Cada uno sacó sus propias conclusiones.

Andrés, entrecerrando sus grandes y atractivos ojos, los observaba con una mirada inescrutable.

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