Reina levantó su cabecita y la llamó con su tierna vocecita infantil.
—Tía... tía...
Magdalena se sentó en la alfombra, acarició el cabello suave de la niña y se puso a jugar con ella.
Verónica trajo un plato con frutas y lo dejó en la mesa, además de prepararle su jugo favorito.
Al ver que Verónica seguía siendo tan atenta como siempre, Magdalena le dedicó una cálida sonrisa.
—Gracias, Verónica.
Unos pasos resonaron en la escalera. Magdalena volteó instintivamente y vio a Lázaro bajando. Como era fin de semana y no tenía que trabajar, no llevaba traje. Vestía una camisa ligera con cuello en V, unos pantalones casuales color lino y llevaba una chaqueta oscura colgada del brazo.
Lázaro se sorprendió un poco al verla, pero continuó bajando con paso firme. Fátima notó que estaba a punto de salir y le preguntó.
—¿Vas al hospital?
Él asintió con la cabeza.
—Hoy no trabajo, iré a dar una vuelta por allá.
Cuando Lázaro pisó el último escalón, Magdalena apartó la mirada y bajó la cabeza para seguir jugando con Reina. Trató de ignorar la conversación de la pareja, intentando volverse invisible en la habitación.
Fátima volvió a hablar.
—Ya casi es hora de almorzar, deberías comer antes de irte.
Lázaro miró la espalda de Magdalena, ocultando sus emociones.
—Está bien.
Magdalena se puso de pie y tomó su bolso.
—Hermana, ya debo irme.
Aunque la mirada de Lázaro estaba fija en la pantalla, no dejaba de observar a Magdalena por el rabillo del ojo. Su cabello, naturalmente ondulado, ahora estaba liso, oscuro y sedoso. Cada vez que bajaba la cabeza, los mechones le caían sobre el rostro, bloqueando su vista, y ella se los acomodaba detrás de la oreja, revelando sus delicadas facciones y la tez luminosa de su perfil.
Al ver que Reina armaba inteligentemente el rompecabezas de un pollito, Magdalena le dio un beso en su mejilla regordeta. Le encantaban los niños, sin importar de quién fueran.
La vida era realmente irónica. El hombre al que alguna vez amó con locura se había casado con otra mujer y tenía una hija, y ahora ella también llevaba en su vientre al hijo de otro hombre.
Pensando en eso, instintivamente se llevó la mano al vientre. Allí se estaba gestando una nueva vida, pero, lamentablemente, ese bebé estaba destinado a no nacer.
Unos cuarenta minutos después, Verónica y Marta terminaron de preparar la comida. Todos se sentaron a la mesa y Verónica le habló con una gran sonrisa.
—Señorita Sarmiento, le preparé su favorito: pollo con castañas. Pruebe y dígame si el sabor sigue siendo el mismo de antes.
En el pasado, cada vez que venía a la casa de los Guzmán y se quedaba a comer, siempre levantaba la cabeza con coquetería para pedirlo.
—Verónica, quiero comer tu pollo con castañas.

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