El auto se detuvo frente al Ayuntamiento. Camilo se bajó para abrir la puerta de Renato. Este salió, rodeó el frente del vehículo y observó a Magdalena, quien miraba el edificio, pasmada.
Se acercó a ella lentamente y abrió la puerta.
—Baja.
Ella lo miró a los ojos; su mirada era clara y serena.
—¿Estás seguro de esto?
El suave sol de otoño iluminaba su figura alta y elegante. Su rostro, normalmente severo, mostraba ahora un atisbo de amabilidad.
—¿Acaso intentas convencerme de abandonar a una madre y a su hijo?
Magdalena se quedó sin palabras.
Tomó su bolso, salió del auto y entró al registro civil junto a él.
Debido a la influencia de Renato, y porque ya había dado aviso previo, en menos de diez minutos ya tenían el acta de matrimonio en sus manos.
De pie fuera del edificio, Magdalena miraba fijamente el documento, detallando cada parte. Renato se paró junto a ella.
—¿Se siente real ahora?
Ella respondió con la mente en las nubes.
—Ahora se siente aún más irreal.
Renato levantó una mano y le pellizcó suavemente la mejilla pálida. Aunque no aplicó mucha fuerza, le dolió un poco. Magdalena se frotó la cara y lo miró con resentimiento. Él, en cambio, se mostró impasible.
—¿Y ahora? ¿Se siente real?
Magdalena guardó silencio.
Una vez de vuelta en el auto, Magdalena empezó a maquinar cómo le daría la noticia a Octavio y a Beatriz. Sabía que a su padre no le molestaría; de hecho, probablemente se alegraría. El problema era su madre...
No solo se había casado en secreto, sino que también estaba embarazada. Todo había sido hecho a sus espaldas. ¿Se enojaría?
Luego recordó otro asunto problemático. Giró la cabeza y lo miró con mucha seriedad.
—De ahora en adelante, en la empresa, seguiremos siendo solo jefe y empleada.
El rostro de Renato no mostró ninguna emoción particular.
—Si crees que ser una simple oficinista es más divertido que ser la esposa del presidente, haz lo que quieras.

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