Magdalena se dio cuenta de que la cajera estaba embelesada mirando a Renato, así que dio un paso sutil para bloquearle la vista.
Le dijo con una gran sonrisa:
—El hombre que está mirando es un hombre casado, por si acaso.
La cajera levantó la mirada y se topó con los ojos de Magdalena, que parecían sonreír pero al mismo tiempo lanzaban una advertencia. Sintió cómo sus mejillas se teñían de rojo por la vergüenza y balbuceó en voz baja:
—Señora, me ha malinterpretado.
La tarjeta negra no requería firma, así que la cajera le devolvió el recibo y la tarjeta a Renato.
Él solo tomó la tarjeta y se la extendió a Magdalena.
Ella parpadeó, sin entender a qué se refería, y él pronunció con sus finos labios:
—¿No dijiste que lo mío es tuyo?
Magdalena sintió un poco de vergüenza.
—No la quiero, yo tengo las mías.
Renato enarcó una ceja.
—Tú misma lo acabas de decir, soy un hombre casado. Si no le doy mi dinero a mi esposa, ¿acaso esperas que lo gaste en mantener a una amante?
Al escuchar eso, Magdalena tomó la tarjeta de inmediato y la guardó en su bolso, murmurando entre dientes:
—Prefiero que el dinero se pudra en el banco antes de dejar que otra mujer se lo gaste.
Renato sonrió en silencio. Con una mano tomó las bolsas y con la otra la abrazó por los hombros mientras salían del centro comercial.
Renato fue a buscar el auto mientras ella esperaba afuera con las bolsas de compras.
Un Porsche se detuvo frente a ella. La ventanilla bajó y Gabriel Herrera soltó un silbido.
—Señorita, ¿a dónde va? ¿Quiere que la lleve?
Magdalena levantó la vista. En el asiento del copiloto iba una mujer con un maquillaje recargado. La impresión que tenía de él cayó inmediatamente a cero; a pesar de estar acompañado, seguía coqueteando descaradamente con otras.
Aunque pensó todo eso, mantuvo una expresión neutral.

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