Aún no llegaba a la puerta cuando Renato la alcanzó con pasos rápidos.
—Bajaré contigo.
Ambos descendieron; Magdalena fue a la cocina para ayudar a Olga, mientras Renato se quedó en la sala viendo televisión.
De pronto, sonó el timbre. Renato fue a abrir, y al ver a la persona de pie en la entrada, preguntó con expresión impasible:
—¿Qué hace aquí?
La mujer en el umbral tenía poco más de cuarenta años, un cutis impecable y el cabello oscuro elegantemente recogido. Su abrigo verde oscuro le daba un aire de profunda sofisticación y riqueza.
—Vine a verte.
Renato soltó el pomo de la puerta y caminó hacia el sofá, seguido por la elegante mujer.
En ese momento, Magdalena salió de la cocina con un plato de comida. Al ver a la mujer en la sala, se quedó pasmada.
La mujer también se detuvo al verla y miró a Renato.
—Renato, ella es...
—Magdalena Sarmiento, mi esposa —respondió él con frialdad.
Susana lo miró en shock, luego clavó los ojos en Magdalena, repasándola de pies a cabeza con una mirada tan afilada que parecía querer atravesarla.
Magdalena dejó el plato sobre la mesa del comedor y la saludó con una sonrisa educada.
—Buenas tardes, señora.
—Ella es mi madre —le aclaró Renato, mirándola fijamente.
Magdalena asintió comprensiva. Estaba a punto de llamarla "Señora Jiménez", cuando Renato añadió:
—Por lo tanto, debes llamarla mamá.
La lengua de Magdalena se enredó, frenando en seco las palabras que estaba a punto de pronunciar. Ante la mirada escrutadora de Susana, esbozó una sonrisa incómoda y murmuró con voz apenas audible:
—Mamá.
En la mente de Susana seguían resonando las palabras de Renato.
Magdalena Sarmiento, mi esposa.
Al escuchar a Magdalena llamarla mamá, frunció el ceño por instinto. Levantó la vista hacia su hijo, cuyo rostro se mantenía impasible.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Me Casé con el que Pagó Mi Venganza