Miró a Renato y sugirió:
—Hablen tranquilos, voy a ayudar a Olga.
Renato asintió. Con pasos rápidos, ella se refugió en la cocina, dejándolos solos.
En la sala.
Susana, con semblante severo, reclamó:
—Si hoy no hubiera venido por casualidad y me la hubiera cruzado, ¿acaso no planeabas decirnos a tu padre y a mí que te casaste?
Renato sirvió un vaso de agua y lo puso en la mesa frente a ella, luego se sentó en el sofá individual.
—En un tiempo, la llevaré a la mansión.
Susana intentó persuadirlo.
—Paula, la hija de Doña Rita, es una excelente opción. Es educada, tiene modales, y su carácter es muy dulce...
—Mamá —la interrumpió Renato. Su rostro permanecía inexpresivo, pero su voz, fría y serena, tenía un peso absoluto—. Ahora soy un hombre casado. ¿Estás intentando convencer a tu hijo de que sea infiel?
Susana se atragantó con sus propias palabras, incapaz de asimilar aún el repentino matrimonio.
De inmediato, él añadió:
—No tengo intenciones de ser infiel en mi matrimonio, así que no me importa si Paula es una maravilla o no; no tiene nada que ver conmigo.
En la cocina, mientras ayudaba a Olga, Magdalena escuchaba los murmullos de afuera. Entre el ruido de fondo, logró captar el nombre de Paula. Trató de afinar el oído para entender de qué hablaban, pero de pronto todo quedó en silencio.
Al verla tan distraída y nerviosa, Olga trató de calmarla.
—Joven señora, no se preocupe. A la señora le tomará algo de tiempo aceptar la noticia del matrimonio, pero en cuanto se le pase el enojo, todo estará bien.
Magdalena asintió. Un matrimonio no era cualquier cosa. Renato había firmado el acta sin avisarle a nadie; era lógico que sus padres estuvieran furiosos.
Pero eso no era lo que le angustiaba, sino la actitud de la señora Jiménez hacia ella. Era evidente que no le agradaba en lo absoluto.

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