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Me Casé con el que Pagó Mi Venganza romance Capítulo 308

Por supuesto, antes de venir ella había investigado. Renato Jiménez tenía un compromiso esa noche, de lo contrario no se habría atrevido a presentarse sin avisar.

La última vez usó el celular de Magdalena Sarmiento para enviarle un mensaje engañoso a Renato, haciéndolo esperar en vano durante mucho tiempo. Creía que él estaría molesto, furioso.

Con su carácter orgulloso, no volvería a hacerle caso.

Pero nunca se imaginó que los dos se habrían casado en secreto.

Paula Suárez se sentó en el sofá, sosteniendo un vaso de agua:

—Somos amigas, ¿cómo es que te casaste con el Presidente Jiménez y no me dijiste nada?

Magdalena estaba sentada en el reposabrazos del sofá enviando mensajes de texto. Eran para Renato, preguntándole a qué hora regresaría, y de paso pidiéndole que no tomara demasiado.

Al escuchar las palabras de Paula, ella respondió:

—Fue cosa de hace unos pocos días. —Hizo una pausa y añadió—: Cuando celebremos la boda, ten por seguro que no faltará tu invitación.

Paula reprimió la incomodidad que sentía:

—¿Cuándo van a celebrar la boda?

Ella respondió de forma evasiva:

—Aún lo estamos discutiendo.

Ambas se sumieron de nuevo en el silencio. Paula sostenía su vaso de agua sin saber qué pensar, mientras Magdalena, con el celular en la mano, esperaba el mensaje de Renato y miraba la televisión.

Al ver que ya era tarde, Paula se levantó para despedirse, evitando que Renato volviera, la viera allí y eso le causara rechazo.

...

La cena estaba llegando a su fin. El celular en el bolsillo de Renato vibró un poco. Lo sacó para mirar y era un mensaje de ella.

Lo desbloqueó y leyó: *¿Cuándo terminas? No tomes mucho, te hace mal al estómago.*

Él curvó los labios en una sonrisa, echó un vistazo a los hombres que seguían bebiendo en el salón privado, bajó la cabeza y le respondió: *Ya casi, no tomé mucho.*

Después de enviar el mensaje, bloqueó la pantalla y acarició distraídamente la parte trasera del celular. Dos minutos más tarde, el teléfono volvió a dar una breve vibración. Era otro mensaje suyo: *No me mientas. Si te emborrachas, esta noche duermes en el cuarto de invitados.*

Empujó la puerta y se bajó del auto, dirigiéndose directamente hacia la joyería. Eran alrededor de las nueve de la noche, y la tienda aún no cerraba. Su decoración interior era lujosa y las lámparas de cristal brillaban con intensidad.

La empleada, al verlo vestido con tanta elegancia, le dijo con una sonrisa:

—Señor, ¿busca un regalo para su novia?

Renato no respondió. Se quedó de pie frente al mostrador, examinando uno por uno esos exquisitos anillos. Finalmente, se fijó en un par de argollas matrimoniales. Señaló esos anillos y le dijo a la vendedora:

—Quiero este par.

El rostro de la vendedora se iluminó de inmediato con una gran sonrisa:

—Tiene usted muy buen gusto, señor. Seguro que a su novia le encantarán.

Renato le entregó la tarjeta. La vendedora, con movimientos ágiles, pasó la tarjeta, envolvió los anillos y se los entregó. Él los recibió, miró de reojo a la empleada y dijo:

—Es mi esposa.

La vendedora se quedó atónita por un segundo, sin reaccionar a tiempo. Para cuando reaccionó, él ya había empujado la puerta de cristal y salido, mientras su alta figura se perdía en la oscuridad de la noche.

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