Renato la sujetó por los hombros, la hizo girarse y, estrechándola contra su pecho, la besó.
Aunque él acababa de fumar, ella había entrado justo después de que le diera apenas dos pitadas, por lo que su boca no tenía mucho sabor a tabaco; en cambio, tenía un ligero sabor a licor.
El baño se llenó de una densa niebla por el vapor caliente, y pequeñas gotas de agua se adhirieron a la puerta de cristal mientras la temperatura comenzaba a subir gradualmente.
Ella recuperó el aliento y estiró la mano para cerrar la regadera:
—Al final el que sufre eres tú. Dime, ¿no sales perdiendo?
Al ver la sonrisa pícara que brillaba en sus ojos acuosos, Renato volvió a robarle el aliento.
Esta vez, el beso pareció ser un castigo por su regocijo anterior.
Acostada en la cama, al oír el ruido del agua que caía en el baño, se preocupó por su salud y levantó la voz para decir:
—No te bañes con agua fría, te hará daño.
Unos minutos después, Renato salió del baño secándose las puntas húmedas de su cabello.
Magdalena, con solo mirarlo, supo que se había dado un baño de agua fría:
—¿Y si te resfrías?
Renato le respondió con una media sonrisa:
—Si no me hubiera dado una ducha fría, esta noche no habrías podido dormir.
Magdalena se sonrojó, pero su preocupación porque se resfriara era real, así que se dispuso a bajar para buscar algún remedio y dárselo a modo de prevención.
Renato, al ver que se estaba poniendo los zapatos, le preguntó:
—¿A dónde vas?
Ella contestó:
—A traerte medicina, tómate un poco para prevenir un resfriado.
Cuando ella pasó por su lado, él le agarró la muñeca:
—No es necesario, no soy tan delicado.
—Pero... —*¿Y si de verdad se enferma?*

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