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Me Casé con el que Pagó Mi Venganza romance Capítulo 377

Se sentó a su lado y dio unos suspiros profundos para tratar de recuperar el aliento. Tras un breve descanso, reunió fuerzas, se apoyó en las puertas principales, se levantó y llamó golpeando las pesadas argollas.

Después de un rato, las puertas se abrieron y un joven fraile, el fraile Walter, asomó la cabeza. Al verlos afuera, les preguntó con voz infantil:

—Señores, ¿buscan refugiarse de la lluvia?

—Sí —contestó Renato. Su lujoso traje y sus zapatos de cuero, hechos a mano, estaban empapados, y su cabello negro escurría agua, dándole un aspecto completamente desarreglado.

El fraile Walter abrió las puertas del todo.

—Por favor, pasen.

Renato cargó a Magdalena en brazos y entró. El pequeño fraile corrió a toda velocidad, gritando al mismo tiempo:

—¡Maestro, tenemos visitas, salga rápido!

El santuario no pertenecía al resort, simplemente estaba pegado al terreno, por eso Renato no sabía que había uno en la parte trasera de la montaña.

El párroco encargado del santuario salió de su cuarto al escuchar los gritos del muchacho:

—Este es un lugar sagrado. ¿Cuántas veces te he dicho que no debes levantar la voz? Nunca aprendes.

El fraile Walter hizo un puchero con aspecto agraviado y señaló hacia atrás:

—Es de vida o muerte.

El párroco miró hacia donde indicaba el chico y sus ojos recayeron en la joven inconsciente. Sin hacer preguntas sobre quiénes eran, los condujo de inmediato a las habitaciones de descanso.

—Por favor, acompáñenme.

Al entrar a la recámara, Renato acostó a Magdalena en la cama. Sus piernas no aguantaron más y estuvo a punto de caer de rodillas, pero el párroco logró sostenerlo a tiempo.

El fraile Walter le acercó una toalla. Renato primero secó el rostro de Magdalena antes de secar el suyo.

El párroco revisó a Magdalena, abriéndole con suavidad los párpados:

—Solamente se desmayó. Mientras no le suba la fiebre, estará bien.

Renato, sin quitar los ojos del pálido rostro de su esposa, le dio las gracias al hombre. El religioso lo miró con detenimiento:

—Tú necesitas descansar mucho más que ella. ¿Quieres que te revise las heridas?

Renato frunció levemente el ceño:

—¿Dónde la viste?

—Pues aquí, en el santuario.

*¿Así que durante el rato que desaparecieron ella y Santiago, fue porque vinieron acá?*

El fraile Raúl, creyendo que él no le creía, añadió:

—Vino con otro muchacho. Ambos dieron una donación y también escribieron sus deseos para amarrarlos en el Árbol de los Deseos.

Como él era el encargado de sostener la caja de limosnas, y ese día casi no hubo visitas, los recordaba a la perfección.

En ese momento, regresó el párroco trayendo ropa de cama nueva.

—Aquí no tenemos hermanas religiosas, así que tendrá que cuidar de ella usted mismo.

Renato iba a preguntarle al fraile Raúl sobre los deseos que habían amarrado, pero el párroco se llevó a los dos jóvenes. Procedió a quitarle la ropa empapada a Magdalena, limpió su cuerpo con el agua limpia, le puso una de las holgadas batas grises que le habían dejado, y por último, retiró la manta mojada para colocarle la ropa de cama seca que le acaban de traer.

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