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Me Casé con el que Pagó Mi Venganza romance Capítulo 380

La habitación estaba tan en silencio que se podría haber escuchado caer un alfiler. Tras una larga pausa, Camilo rompió el hielo:

—Presidente Jiménez, deje que un médico lo revise.

Renato emitió un leve sonido de asentimiento, se sentó en el sofá y clavó la mirada en la mujer de la cama, a quien le estaban administrando suero.

Camilo salió y regresó poco después, seguido por un médico y una enfermera.

Cuando Renato se quitó los zapatos y los calcetines, revelando las uñas de los pies destrozadas y ensangrentadas, y los horribles moretones de sus pantorrillas, no solo Camilo ahogó un grito; el médico soltó un jadeo de impresión y la joven enfermera palideció del horror.

El médico alzó la vista hacia él:

—Presidente Jiménez, ¿desea que le apliquemos anestesia?

Renato bajó la mirada hacia sus pies sin que un solo músculo de su rostro se inmutara:

—No es necesario.

El doctor usó unas pinzas para arrancar las uñas que estaban a punto de caerse. Durante todo el proceso, Renato no emitió un solo quejido. Solo el sudor frío que perlaba su frente y su extrema palidez delataban el dolor insoportable que estaba reprimiendo.

Tras limpiar las heridas y dejar que la enfermera aplicara el ungüento, el médico le tomó la mano y la abrió. Había trozos de grava incrustados en la palma:

—Presidente Jiménez, va a tener que aguantar un poco más.

Renato guardó silencio y apretó los labios hasta convertirlos en una fina línea blanca.

El médico usó yodo para limpiar la sangre coagulada y, con mucho cuidado, empleó las pinzas para separar la carne viva y extraer las diminutas piedras. Hilos de sangre resbalaron entre los dedos de Renato y cayeron al suelo.

En ese momento, Wendy llegó apresurada con una bolsa de ropa. Al ver la escena, se quedó petrificada:

—¿Qué… qué pasó aquí?

Debido a la urgencia, Camilo solo la había llamado para pedirle que trajera un cambio de ropa para el presidente, sin darle tiempo a explicarle la situación.

Wendy miró a Camilo buscando respuestas, pero él permaneció en silencio. Con Renato presente, no tenía el valor de relatar los horrores que su jefe había soportado en la montaña.

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