Detrás del hotel había un jardín tipo hacienda con césped impecable. Sobre este, largas mesas cubiertas con manteles blancos ofrecían una variedad de platillos deliciosos.
Cuando Magdalena encontró a Santiago, él sostenía una rebanada de pastel, con la mirada fija en Benjamín Herrera, quien conversaba con otras personas junto a la fuente.
Ella le dio una palmada en el hombro desde atrás. Quizás lo asustó, porque su reacción fue exagerada y casi deja caer el pastel al suelo.
Santiago, al ver que era ella, soltó un suspiro de alivio y preguntó:
—¿Cómo entraste?
—Caminando con mis dos piernas. —Ella le quitó el pastel intacto de las manos, tomó un poco con el tenedor y lo probó; era de arándanos, su favorito.
A Santiago nunca le habían gustado los postres; solo había tomado el pastel para disimular.
—No, a lo que me refiero es...
Ella, sabiendo lo que iba a preguntar, lo interrumpió rápidamente:
—¿Ya lograste hablar con el alcalde Herrera?
Santiago se rascó la cabeza.
—Todavía no encuentro el momento adecuado.
Ella miró de reojo a Benjamín Herrera junto a la fuente.
—Este pastel está muy bueno. Quédate vigilando por aquí, iré a buscar algo más de comer.
Benjamín Herrera conversaba con dos o tres personas. Definitivamente no era un buen momento para acercarse a pedir una entrevista; si llamaba a seguridad, terminarían siendo expulsados del evento.
Por casualidad, Magdalena notó un balcón tipo terraza en un lateral del salón. Como la iluminación era tenue, pasaba casi desapercibido.
Apenas dobló la esquina, escuchó las voces de un hombre y una mujer provenientes del balcón.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Me Casé con el que Pagó Mi Venganza