Renato le dirigió una mirada fugaz y, ante los ojos burlones de los presentes, se quitó con parsimonia la chaqueta de su traje y se la puso a ella sobre los hombros.
Quienes se reían segundos atrás abrieron los ojos de par en par; en la sala se escucharon leves jadeos de asombro.
Los rumores decían que Renato Jiménez era un hombre distante, apático y desinteresado; siempre que iba a algún banquete lo hacía sin acompañante.
Salvo por las fotos que los paparazzi le habían tomado con la famosa actriz Bianca Silva, no se le conocía ningún otro escándalo.
Y mucho menos se había visto a una mujer parada abiertamente a su lado, pero ese día, él parecía tratar a la segunda hija de la familia Sarmiento de una manera especial.
Magdalena se quedó paralizada, mirando a Renato con el rostro inexpresivo, como si acabara de ver un fantasma. Estaba tan sorprendida que no lograba reaccionar.
Al ver la actitud de Renato, el rostro del señor Zamora cambió por completo y sintió un inmenso rencor en su interior.
¡Esa mujer lo había hecho a propósito! Había mencionado a las familias Sarmiento y Guzmán, pero convenientemente había omitido su conexión con Renato Jiménez.
De haber sabido que se conocían, no se habría atrevido a ponerle un dedo encima, ni aunque le hubieran pagado todo el oro del mundo.
Ignorando las miradas curiosas a su alrededor, Renato miró al señor Zamora y le dijo con un tono muy tranquilo:
—Señor Zamora, me la llevo.
A pesar de que la mirada de Renato era serena, el señor Zamora sudaba frío del miedo y se apresuró a contestar:
—Presidente Jiménez, haga lo que guste.
Camilo levantó los tacones que Magdalena había perdido; ella le dio las gracias, se los puso y siguió a Renato para salir de Bahía Dorada.
Con tanto alboroto, la borrachera se le había pasado por completo a Magdalena. Al subir al auto, ninguno de los dos cruzó palabra, creando un ambiente un tanto pesado.
Desde el asiento del copiloto, Camilo echó un vistazo rápido por el retrovisor a la silenciosa pareja e intentó ser lo más invisible posible.
Renato cruzó sus largas piernas, mirando hacia el frente con su habitual rostro frío y distante, haciendo imposible adivinar qué pasaba por su cabeza.

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