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Me Casé con el que Pagó Mi Venganza romance Capítulo 84

Renato se quedó pensativo por un segundo, recordando a Adán Suárez. Como no solía prestar atención a personas insignificantes, solo tenía un vago recuerdo de él.

Se aflojó un poco la corbata, rodeó el escritorio y se sentó en su silla ejecutiva.

—Que pase a mi oficina.

Magdalena asintió, fue a la sala de visitas y llevó a Paula hasta la oficina. En cuanto Paula vio a Renato, pareció transformarse en otra persona. Hasta su voz se volvió sumamente dulce.

—Presidente Jiménez, espero no interrumpirlo.

Al ver que ya no la necesitaban, Magdalena se disponía a salir de la oficina, pero Renato habló de repente.

—Un café.

Luego, con mucha cortesía, le preguntó a Paula qué deseaba tomar.

Paula se sintió halagada y dijo con una mirada llena de alegría.

—Un jugo estará bien.

Magdalena asintió, salió de la oficina, preparó el café en la sala de descanso y exprimió un jugo. Al llegar a la puerta de la oficina del presidente, olvidó tocar y entró directamente.

El ambiente en la oficina no era nada bueno. Paula sollozaba en voz baja, y Renato tenía el rostro sombrío.

Su mano se quedó congelada en el picaporte. Atrapada en un dilema, justo cuando pensaba si debía retirarse primero, escuchó la voz fría de Renato.

—¿Qué haces parada en la puerta?

Sintiéndose sumamente incómoda, entró a la fuerza y cerró la puerta detrás de ella para evitar que los de afuera vieran.

—Presidente Jiménez, su café.

Dejó la taza en el escritorio, miró el rostro pálido de Paula y no logró imaginar qué había dicho para hacer enojar a Renato.

Renato tomó la taza de café y le dio un sorbo, frunciendo levemente el ceño.

Ella se puso nerviosa de inmediato. ¿Acaso lo preparó mal?

Lo había probado antes y no notó nada raro. ¿O será que a él no le gustaba cómo lo preparaba?

Pero en un instante, el ceño fruncido de Renato se relajó. Dejó la taza y dijo.

—Dile a Wendy que venga un momento.

Salió de la oficina, encontró a Wendy en el archivo y le transmitió el mensaje de Renato.

A la hora de salida, por temor a que Renato la arrastrara a otro compromiso, recogió sus cosas rápidamente y se fue con los demás.

Desde que empezó a trabajar en el Grupo Centauro, Octavio Sarmiento le había asignado a Bruno para llevarla y traerla. Para evitar malentendidos con sus colegas, ella le pedía a Bruno que la esperara a un par de calles de la oficina, en un lugar discreto.

Justo cuando iba a abrir la puerta para subirse al auto, un elegante Porsche se detuvo a su lado. La ventanilla bajó y apareció el rostro deslumbrante de Paula.

—Magda, vamos a comer juntas.

Ella se quedó perpleja. Justo cuando iba a inventar una excusa para zafarse, su celular sonó. Lo sacó y vio que era Renato. Se lamentó en silencio y, murmurando cosas como *Dios mío, por favor, que el cielo me ayude*, contestó la llamada con lentitud.

Si Renato la llamaba para otra cena de negocios, prefería mil veces aceptar la invitación de Paula.

La habitual voz profunda y serena de Renato entró por su oído.

—Huyes bastante rápido.

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