Los días siguientes en el Grupo Centauro transcurrieron con total normalidad para Magdalena.
Por un lado, Renato se había ido a su viaje de negocios a Estados Unidos; por el otro, Don Jonás Sarmiento había regresado a Auckland.
Al tercer día del viaje de Renato, llegó la hora de salida. Todos los compañeros ya se habían ido, y Magdalena apagó su computadora lista para marcharse cuando Wendy la detuvo.
—Magda, ¿podrías hacerme un favor?
Aunque Wendy era un poco estricta, en realidad era una buena persona, así que Magdalena sonrió y respondió.
—Claro.
Wendy le dio unas llaves y le anotó la contraseña de una casa.
—Estas son las llaves de la villa del presidente Jiménez. Necesito que vayas a su casa, busques un cuaderno negro sobre el escritorio de su estudio, y le envíes el código de programación que está anotado en la última página. Tengo que ir al aeropuerto a recoger a alguien y no me da tiempo. Te lo ruego.
—Esto... no parece muy apropiado, ¿verdad? —Ella se sintió incómoda. La casa de Renato no era un lugar al que cualquiera pudiera entrar.
Wendy entendió sus dudas, tomó papel y pluma, y anotó rápidamente dos correos electrónicos.
—Este de arriba es el correo del presidente. El de abajo es mi correo y contraseña. Entra a mi cuenta y envíale el código a su correo en mi nombre. Así, él no sabrá que tú lo hiciste.
Ella seguía sintiendo que algo no encajaba.
—¿No hay servicio doméstico?
—El presidente vive solo en la villa de Bahía del Sur y la empleada pidió permiso por enfermedad.
Al verla tan angustiada, Magdalena aceptó.
Wendy le anotó la dirección de la villa y salió corriendo hacia el aeropuerto.
Al salir de la empresa, Bruno acercó el auto. Al verla tan apagada, le preguntó.
—Señorita Magdalena, ¿hoy no le fue bien en el trabajo?

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