Las palabras del director Miranda eran justas y garantizaban total imparcialidad.
Yori estaba atrapada en el escenario sin salida, rogándole con la mirada a Eloísa.
Pero Eloísa también estaba consumida por los nervios, sin saber qué hacer.
Solo le quedaba el consuelo de pensar que, mientras Melisa preguntara cosas del temario de último año de preparatoria, ella se las había enseñado a Yori, así que seguro sabría responder.
La mirada de Melisa recorrió tranquilamente a Yori.
No había burla en su mirada, solo una frialdad tan precisa que hizo a Yori sentirse completamente expuesta.
Tomó el micrófono y su voz sonó clara y firme, como un juez dictando sentencia:
—Yori, escucha con atención.
La pregunta que formuló Melisa era del nivel normal del grupo avanzado, del mismo estilo que las preguntas extra al final de los exámenes mensuales.
Incluso se resolvía aplicando las mismas fórmulas de derivación.
Teresa supo cómo hacerla en cuanto la escuchó.
Mientras Yori seguía pasmada, ella ya había agarrado su pluma y anotado la respuesta rápidamente.
Melisa tomó la hoja de Teresa, confirmó que estaba bien y se la pasó a los maestros del grupo avanzado para que la revisaran.
Todos asintieron dándole la razón.
¿Y Yori?
Con la cabeza agachada, empezó a llenar su hoja de fórmulas al azar, haciendo garabatos cada vez más confusos, sin llegar a nada.
Cuando se acabó el tiempo y le quitaron la hoja, le temblaban las manos.
Sabía que su respuesta estaba pésima, pero, frente a toda la escuela, no pudo evitar tratar de defenderse, echándole la culpa a Teresa:
Las excusas de Yori se vinieron abajo en un instante ante el golpe directo de Melisa.
Un silencio sepulcral, casi asfixiante, se apoderó del auditorio.
Todas las miradas estaban clavadas en la enorme pantalla.
Del lado izquierdo estaba el desastre lleno de tachones y fórmulas erróneas que Yori acababa de hacer; del lado derecho, la resolución impecable y ordenada del examen mensual que la había consagrado como una estudiante modelo con noventa puntos.
La frase de Melisa, «lo único que hice fue cambiar algunas palabras y números», fue como un bisturí frío que cortó de tajo la apariencia perfecta para revelar la mentira.
Cualquier estudiante podía entender la vergonzosa comparación en la pantalla, aunque no estuvieran en el grupo avanzado.
—¿Hace falta decir algo más? —la voz de Melisa no era fuerte, pero golpeó como un martillo el pecho de Yori.
Señaló el desastre proyectado:
—Es el mismo proceso lógico, solo cambié el tipo de partículas y algunos valores. En uno lo resolviste como toda una experta, y en el otro pareces alguien que nunca ha tomado una clase en su vida. Yori, ¿este es tu supuesto esfuerzo? ¿Así demuestras tus bases sólidas? ¿De dónde sacaste las respuestas perfectas de tu examen?

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