Ximena apenas iba subiendo corriendo con la recepcionista cuando vio que la cerradura de la puerta colgaba destrozada del marco. No tuvo tiempo ni de sorprenderse, porque Nicanor ya iba saliendo con Teresa en brazos.
Ella estaba hecha un ovillo, pálida como un fantasma.
Ximena se quedó petrificada y soltó un grito de incredulidad: —¿Señor Núñez?
Nicanor avanzó a zancadas hacia las escaleras. Ximena sabía que era una emergencia, así que corrió detrás de él.
—Abre la puerta del auto —le ordenó Nicanor.
Ximena reaccionó y corrió hacia la camioneta negra para jalar la manija.
Nicanor acomodó a Teresa en el asiento del copiloto, cerró la puerta, rodeó el cofre y encendió el motor.
Antes de que Ximena pudiera gritar "yo también voy", la camioneta arrancó, dejando dos luces rojas perdiéndose en la oscuridad de la calle.
Haciendo corajes, a Ximena no le quedó de otra más que pedir un taxi para seguirlos.
Nicanor manejaba con una mano, mientras con la otra sostenía firmemente la de Teresa. —Teresa, aguanta un poco más, ya casi llegamos al hospital.
La miró de reojo. Su rostro estaba exangüe y sus músculos temblaban levemente.
Al notar que estaba a punto de volver el estómago, reaccionó por instinto: levantó la mano y le sostuvo la cara para que no se ahogara.
Teresa vomitó directo en las manos de Nicanor.
El olor ácido inundó la camioneta. Al recuperar un poco la conciencia, Teresa vio el asqueroso desastre y rompió a llorar de pura vergüenza.
Con voz rasposa, no dejaba de disculparse.
Pero a Nicanor le importó un reverendo rábano. Entró a urgencias, estacionó el auto, se limpió las manos rápidamente con unos pañuelos de papel y la sacó en brazos.
De inmediato, Teresa fue atendida. Tras diagnosticarle gastroenteritis, el doctor la mandó a la sala de observación.
La enfermera le indicó a Nicanor: —Es una fuerte infección por comer algo en mal estado o porque su cuerpo no aguantó la comida pesada. No es nada grave. Aún sentirá dolor, pero una vez que recoja los medicamentos y le pongamos el suero en la sala, mejorará. Solo dieta blanda y descanso en un par de días.
Teresa estaba en una silla de ruedas del hospital. Sentía que se moría, pero estaba lo suficientemente consciente para notar que Nicanor la empujaba de un lado a otro.
Una vez que le conectaron la intravenosa, la pasaron a las duras sillas de la sala de suero. Su brazo se sentía helado e hinchado. Quiso acomodarse, pero el mínimo movimiento le provocaba punzadas en el abdomen, así que se quedó rígida contra el respaldo.
Nicanor se quitó el saco, la cubrió con él, se arremangó y se sentó a su lado.
Tras varios minutos de silencio, Nicanor habló: —Ese tipo con el que fuiste a cenar... no te conviene.
—¿Qué estás haciendo? —murmuró ella.
La gente los miró, pero Nicanor se sentó en la silla usándose a sí mismo como cojín y la acomodó sobre sus piernas, apoyando la cabeza de ella contra su pecho.
—No te hagas la fuerte. Sentada sobre mí vas a estar mucho más cómoda.
Sin pedir permiso, metió su enorme y cálida mano por debajo de la chaqueta, pegándola directo a su adolorido estómago. El calor que le transmitió a través de la blusa realmente la alivió.
Ya no tenía fuerzas para pelear. Apoyó su rostro en él y cerró los ojos.
Sus párpados pesaban cada vez más. Con el analgésico del suero y el desgaste físico de la madrugada, su cuerpo finalmente cedió y se quedó profundamente dormida.
A los ojos del resto de los pacientes, ese hombre guapísimo cuidaba de ella como si fuera un tesoro. Se veían tan enamorados que hasta las enfermeras sentían envidia de la mujer dormida.
¡Qué suerte tenía!
Nicanor ni siquiera recordaba cuándo fue la última vez que pudo abrazarla libremente. Apretó su agarre, la pegó más a su pecho y descansó su barbilla en la coronilla de Teresa, cerrando los ojos.
Justo eso fue lo que vio Ximena al llegar al hospital. Estaba tan maravillada que no aguantó y le tomó una foto para mandarla directo al grupo de WhatsApp del trabajo.
[¡¡¡Noticia de última hora, Teresa es novia del señor Núñez!!!]

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