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ME ECHARON POR FALSA, VOLVÍ REINA romance Capítulo 918

Ximena apenas iba subiendo corriendo con la recepcionista cuando vio que la cerradura de la puerta colgaba destrozada del marco. No tuvo tiempo ni de sorprenderse, porque Nicanor ya iba saliendo con Teresa en brazos.

Ella estaba hecha un ovillo, pálida como un fantasma.

Ximena se quedó petrificada y soltó un grito de incredulidad: —¿Señor Núñez?

Nicanor avanzó a zancadas hacia las escaleras. Ximena sabía que era una emergencia, así que corrió detrás de él.

—Abre la puerta del auto —le ordenó Nicanor.

Ximena reaccionó y corrió hacia la camioneta negra para jalar la manija.

Nicanor acomodó a Teresa en el asiento del copiloto, cerró la puerta, rodeó el cofre y encendió el motor.

Antes de que Ximena pudiera gritar "yo también voy", la camioneta arrancó, dejando dos luces rojas perdiéndose en la oscuridad de la calle.

Haciendo corajes, a Ximena no le quedó de otra más que pedir un taxi para seguirlos.

Nicanor manejaba con una mano, mientras con la otra sostenía firmemente la de Teresa. —Teresa, aguanta un poco más, ya casi llegamos al hospital.

La miró de reojo. Su rostro estaba exangüe y sus músculos temblaban levemente.

Al notar que estaba a punto de volver el estómago, reaccionó por instinto: levantó la mano y le sostuvo la cara para que no se ahogara.

Teresa vomitó directo en las manos de Nicanor.

El olor ácido inundó la camioneta. Al recuperar un poco la conciencia, Teresa vio el asqueroso desastre y rompió a llorar de pura vergüenza.

Con voz rasposa, no dejaba de disculparse.

Pero a Nicanor le importó un reverendo rábano. Entró a urgencias, estacionó el auto, se limpió las manos rápidamente con unos pañuelos de papel y la sacó en brazos.

De inmediato, Teresa fue atendida. Tras diagnosticarle gastroenteritis, el doctor la mandó a la sala de observación.

La enfermera le indicó a Nicanor: —Es una fuerte infección por comer algo en mal estado o porque su cuerpo no aguantó la comida pesada. No es nada grave. Aún sentirá dolor, pero una vez que recoja los medicamentos y le pongamos el suero en la sala, mejorará. Solo dieta blanda y descanso en un par de días.

Teresa estaba en una silla de ruedas del hospital. Sentía que se moría, pero estaba lo suficientemente consciente para notar que Nicanor la empujaba de un lado a otro.

Una vez que le conectaron la intravenosa, la pasaron a las duras sillas de la sala de suero. Su brazo se sentía helado e hinchado. Quiso acomodarse, pero el mínimo movimiento le provocaba punzadas en el abdomen, así que se quedó rígida contra el respaldo.

Nicanor se quitó el saco, la cubrió con él, se arremangó y se sentó a su lado.

Tras varios minutos de silencio, Nicanor habló: —Ese tipo con el que fuiste a cenar... no te conviene.

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