Los hombres entrecerraron los ojos durante unos segundos para reconocerla y confirmaron que, efectivamente, era ella. Al darse cuenta, los estudiantes se miraron entre sí, decididos a exigir justicia para el profesor Mendieta.
Teresa Manrique apenas había probado un bocado de su sopa de fideos cuando los jóvenes se plantaron frente a ella, reprimiendo su enojo: —Oiga, ¿usted no es la novia del profesor Mendieta? ¿Qué hace a estas horas de la noche comiendo con otro hombre? ¿Qué relación tienen?
Teresa levantó la vista y reconoció a los estudiantes con los que solo se había cruzado una vez.
Con total tranquilidad, respondió: —No tengo ninguna relación con él. Solo fue una cita a ciegas.
Los rostros de los estudiantes se congelaron al instante. —¿Ah?
—¡Si ya tenía novio, no debió salir en una cita a ciegas! —le reclamó una de las chicas, aún más molesta—. Se está burlando de nuestro profesor. No puede hacerle eso.
—Somos amigos —aclaró Teresa—. Además, mi vida privada no es asunto suyo. Vuelvan ya a su escuela.
Nicanor Núñez golpeó suavemente la mesa con los nudillos y su mirada hacia el grupo se oscureció. —Chicos, si no se van de aquí ahora mismo, me voy a enojar.
Aunque sus palabras sonaban a broma, la presión invisible que emanaba hizo que un escalofrío recorriera la espalda de los estudiantes. Se miraron entre ellos y se dispersaron rápidamente. Sin embargo, con todo el alboroto, los demás clientes del restaurante comenzaron a mirar la mesa de Teresa con un toque de morbo y curiosidad.
Teresa se limpió los labios. —Ya terminé. Vámonos.
—Pero si dejaste casi todo, ¿ya no vas a comer? —le preguntó Nicanor, viendo que el plato aún estaba por la mitad.
Teresa negó con la cabeza. —No me entra más. Siento que me va a caer pesado.
—Tienes razón. En ese caso, dámelo, yo todavía tengo hambre —dijo Nicanor con naturalidad. Acto seguido, bajo la mirada atónita de Teresa, tomó su plato, agarró los cubiertos y empezó a comer sin el menor reparo.
Al verlo devorar su comida en un par de bocados, Teresa se quedó perpleja. —Yo ya había comido de ese plato.
—Tenemos una hija juntos, ¿y de verdad te importa tanto compartir un tazón de fideos? —Nicanor soltó una carcajada.
Los curiosos a su alrededor afilaron aún más el oído, fascinados por el chisme.
Teresa se quedó sin palabras.
Se levantó de golpe y salió del lugar, mientras Nicanor la seguía con una sonrisa en el rostro.
Al llegar al hotel, la señora de la recepción notó la expresión seria de Teresa. Cuando Nicanor pasó por ahí, la mujer le preguntó en voz baja: —¿Ya habló con su esposa?

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