Fiona intentó liberarse, pero la diferencia de fuerza era abismal. No tuvo más remedio que dejarse arrastrar hasta la sala. Era fin de semana, el día libre de la señora de la limpieza, así que estaban solos.
Esteban la arrojó sobre el sofá y se sentó frente a ella. Se sirvió una taza de té.
—Creo que me debes una razón para el divorcio —dijo, sin levantar la vista—. Habla. ¿Cuál es el motivo?
—¿De verdad necesitas un motivo? —replicó Fiona con una sonrisa gélida.
Esteban dejó la taza sobre la mesa con un golpe seco y la miró a los ojos. El sonido de la porcelana contra el mármol resonó en la habitación.
—Fiona, ¿te has puesto a pensar en lo difícil que será tu vida si te divorcias? Con tus antecedentes, seamos sinceros, nadie te dará trabajo.
Fiona soltó una risa cortante. No pensaba buscar trabajo; pensaba crear su propio negocio.
—Todo esto lo dices porque temes que el abuelo los eche a la calle a ti y a Pedro, ¿no es así? —se levantó del sofá—. No te preocupes, hablaré con él y le dejaré claro que esto no tiene nada que ver contigo ni con la señorita Morales. Asumiré toda la responsabilidad.
Se dispuso a marcharse.
—¿Quién te ha dicho que puedes irte? —La voz de Esteban retumbó a sus espaldas.
Fiona no se detuvo.
—Señor Flores, le ruego que firme los papeles cuanto antes.
Apenas terminó de hablar, sintió que la agarraban del brazo. Al segundo siguiente, estaba de nuevo en el aire. Esteban la arrojó de vuelta al sofá y, en un movimiento rápido, se colocó sobre ella, inmovilizándola con su cuerpo y sujetándole las muñecas contra el respaldo.


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