—Según los registros, fue en el verano de hace tres años. —Abraham observó a su jefe por el retrovisor.
—Empieza por su último cliente —dijo Samuel con un ligero arqueo de cejas—. Quizás así lo encontremos más rápido.
—Entendido, señor Flores.
...
Al volver a Residencial San Jerónimo, Fiona le envió un mensaje al abuelo Flores, explicándole que la decisión del divorcio era únicamente suya y pidiéndole que no se lo pusiera difícil a su hijo y a su nieto. No lo hacía por defenderlos, sino para que Esteban firmara los papeles de una vez y ella pudiera, por fin, seguir adelante.
Media hora después, recibió una escueta respuesta.
[Mi único deseo ahora, es que estén bien.]
Fiona miró la pantalla, las palabras clavándosele en la mente.
"Estén bien".
Ella también había querido que estuvieran bien. Pero desde que padre e hijo la habían enviado a la cárcel, ese "bien" se había vuelto imposible.
La luz cálida de la lámpara caía sobre su cabeza, haciendo que la frase en la pantalla brillara con una crueldad especial.
Llamaron a la puerta, sacándola de sus pensamientos. Al abrir, se encontró con Ofelia.
—Esta niña, Silvia, es increíblemente difícil de encontrar. Probablemente por su complicada situación familiar. —Ofelia le entregó una carpeta y entró.
Fiona la siguió, abriendo la carpeta. Contenía un registro de las deudas del padre biológico de Silvia: deudas de juego, deudas en tiendas de conveniencia, en restaurantes...
—¿Quieres decir que su padre debe mucho dinero y ha estado huyendo con ella todos estos años?
—Exacto. Y no es solo eso. Dicen que también la maltrata. Tenemos que encontrarla cuanto antes. —Ofelia se sirvió un vaso de agua y la miró con seriedad.
—No creo que la niña siga con su padre. ¿No es posible que después de recogerla, la haya vuelto a dejar en otro orfanato?
—No es descartable. Un jugador no suele ser la persona más responsable del mundo. Arrastrar a una niña con él no parece muy práctico.
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