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Me Robaron Tres Años, les Cobraré una Vida Entera romance Capítulo 25

Fiona esperó cerca de media hora, pero la directora no aparecía. Decidió levantarse para estirar las piernas cuando un olor acre le llegó a la nariz. Un olor a madera quemada.

Justo en ese momento, escuchó una conversación apresurada fuera de la puerta.

—Asistente Sergio, ¡el almacén del segundo piso está en llamas! Parece que fue un cortocircuito. ¡Hay tres niños atrapados dentro y el fuego es muy intenso!

—¡Corten la electricidad de inmediato, llamen a los bomberos! ¡Voy a buscar ayuda al equipo de seguridad!

Siendo madre, al oír que había niños atrapados, el instinto maternal que llevaba dentro se desbordó como una marea. Al entrar, había notado que la mayoría de los niños tenían entre cinco y seis años. En un incendio, no tendrían capacidad para salvarse a sí mismos.

Fiona abrió la puerta de golpe y salió. El humo ya había llegado hasta esa parte del pasillo. Siguiendo el olor, se dirigió hacia el final del corredor. La humareda que subía de las escaleras era densa y oscura. Sin dudarlo, corrió hacia allí.

...

Mientras tanto, en la entrada principal del orfanato.

—Señor Flores, gracias por su visita de hoy. En otra ocasión, me gustaría invitarlo a comer. —La directora del orfanato, con una sonrisa amable, le extendió la mano.

Justo cuando Samuel iba a responder, un grito agudo resonó a sus espaldas.

—¡Fuego! ¡El almacén del segundo piso está en llamas! ¡Rápido, ayuden!

Samuel se giró y miró hacia el edificio del orfanato. Del lado derecho del segundo piso, una columna de humo negro se elevaba hacia el cielo.

De repente, una figura corriendo por el pasillo capturó su atención. Una mujer con un vestido largo y blanco, su cabello ondeando al viento mientras corría. Su perfil pasaba velozmente entre las columnas de piedra blanca, como un fantasma dirigiéndose hacia el segundo piso.

Aunque la distancia era considerable, Samuel tenía una memoria fotográfica para los rostros. Y a esa mujer, la había visto de cerca.

Pero... ¿qué hacía ella aquí?

...

—Si no entra, ¿quién va a salvar al niño?

En medio del caos y las voces angustiadas de las empleadas, Fiona se lanzó de nuevo al fuego.

Contuvo la respiración para no inhalar el humo, aguantando hasta que el rostro se le puso rojo antes de atreverse a tomar aire. Pero solo inhaló una bocanada de humo acre. El niño debía estar al fondo; su voz sonaba lejana. Avanzó a tientas, guiándose por el sonido.

De repente, un estruendo sacudió el techo sobre su cabeza. Se detuvo instintivamente y miró hacia arriba. Una enorme lámpara circular, consumida por el fuego, se desprendió del techo de madera y cayó directamente hacia ella.

Con los ojos enrojecidos por el humo, un sentimiento de amarga injusticia la invadió. ¿Iba a morir así, sin haberse vengado, sin haber hecho pagar a quienes la habían herido?

¡No quería morir! ¡Se negaba a morir!

...

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