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Meta de renacer: O me hago rica, o me hago viuda romance Capítulo 1088

Mónica se rio al otro lado del teléfono.

—Aún no tenemos fecha, me acaba de dar el anillo hace unas horas. Pero te juro que este mismo año tiramos la casa por la ventana.

—¿Cómo que no vas a ser mi dama de honor, Isabela?

Isabela respondió con calma:

—Soy divorciada. No quiero que la gente empiece con sus habladurías de que traigo mala suerte. Y aunque a ti te dé igual, yo no me lo perdonaría. Eres mi hermana del alma, y lo que más deseo es que tengas un matrimonio de ensueño y envejezcas al lado de Adrián.

—Me niego a que mi mancha de divorciada oscurezca las buenas energías de tu día tan especial.

—Con ser la invitada de honor y verte caminar radiante al altar tengo de sobra. No necesito el título de dama para sentirme parte. Deberías decirle a Caro y a Meli que lo sean.

Al ser mujeres solteras y de la alta sociedad, Caro y Meli encajaban a la perfección en el perfil de damas de honor.

—Pero, Isa, te prometo que ni Adrián ni yo le damos importancia a esas supersticiones.

Mónica todavía albergaba la esperanza de convencerla.

—Mónica, nuestra amistad es a prueba de balas, es lo más puro y desinteresado del mundo. Te adoro y mi único deseo es verte irradiando felicidad, quiero que todo sea absolutamente perfecto en tu boda.

—No estoy dispuesta a soportar que las malas lenguas traten de opacar tu momento. Si me paro ahí como tu dama, aunque ustedes me defiendan, los chismosos van a murmurar y señalar con el dedo.

Mónica guardó silencio un momento, resignada.

—Está bien, si así lo prefieres.

En el fondo sabía que Isabela tenía razón. Por mucho que ella y Elías nunca hubieran compartido la cama, los papeles del divorcio eran un hecho innegable.

Ellos dos no eran supersticiosos, pero ¿qué pensarían los mayores de ambas familias?

En una celebración tan importante, lo último que necesitaban era veneno disfrazado de comentarios por lo bajo.

Con Isabela asistiendo como la mejor amiga, se evitaban cualquier escándalo.

Y seguiría teniendo el asiento principal para ser testigo de su amor.

—Ahora tendré que quebrar mi cabeza pensando en qué darte como regalo de bodas —bromeó Isabela—. Si me doy por vencida, te daré un buen sobre con efectivo para que te compres lo que te dé la regalada gana.

Mónica se echó a reír.

—Cualquier detalle que venga de ti será un tesoro para mí.

La secretaria le abrió la puerta a Rodrigo y susurró:

—Señor Méndez, ya llegó a su casa.

Rodrigo seguía roncando, hundido en el asiento.

Lo llamó un par de veces, pero como no daba señales de vida, no tuvo más remedio que meterse en el coche y sacudirlo con suavidad para despertarlo.

Cuando él por fin abrió los ojos y vio a su secretaria, la rodeó con ambos brazos y se le abalanzó con un torbellino de besos desesperados por toda la cara y la boca.

Ella dejó que la besuqueara un instante antes de empujarlo sutilmente y decirle con dulzura:

—Señor Méndez, ya está en su casa.

Rodrigo miró alrededor, notó que seguía dentro del coche y, a lo lejos, el rostro de pocos amigos de su mayordomo. Estaba en su hogar.

Había vuelto.

—Ah... ya llegamos.

A duras penas logró salir del vehículo.

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