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Meta de renacer: O me hago rica, o me hago viuda romance Capítulo 112

Por eso, Isabela guardaba rencor contra Elías.

—¡Isabela!

Elías gritó con el rostro sombrío. —¿No puedes hablarme bien? ¡Todavía soy un paciente! Tengo fiebre, no me siento bien. Ya que no me consientes, ¿ni siquiera puedes hablarme como se debe?

—¿Acaso quieres que me muera del coraje?

—Antes no eras así conmigo. Si no me sentía bien, te preocupabas más que nadie.

De repente, Elías sintió que prefería a la antigua Isabela, la que solo tenía ojos y corazón para él.

La Isabela de ahora, a veces parecía no preocuparse por él, pero en otras ocasiones mostraba interés.

Y si se decía que le importaba, entonces ¿por qué lo provocaba cuando estaba enfermo?

Sí, la había herido, y podía disculparse por ello.

También la había compensado materialmente, ¿acaso no era suficiente?

—Tú mismo lo has dicho, eso era antes. Antes yo creía que de verdad me amabas. Los sentimientos son mutuos. Si tú te preocupas por mí, yo me preocuparé por ti. Pero a ti no te importo, me usaste como una pieza de ajedrez.

—Jugaste con mis sentimientos, me metiste en medio de tu asunto con Jimena. Ah, y después de tratarme así, ¿esperas que te entregue mi corazón? Qué estúpida tendría que ser para entregarle mi corazón a un hombre que solo jugó conmigo.

Elías, sintiéndose culpable, no supo qué decir.

La miró en silencio durante un buen rato, luego suavizó su expresión y dijo: —Isabela, dejemos de pelear. Lo de ayer fue mi culpa. No debí hablarte así, y mucho menos echarte.

—Te pido disculpas. Hagamos las paces, ¿quieres?

Elías no podía soportar esta actitud de Isabela.

Se había acostumbrado a que ella le entregara todo su ser.

En el pasado, cada vez que asistía a un banquete, iba solo o llevaba a su adorada hermana menor, Sofía Silva.

A quien más deseaba llevar era a Jimena, pero ella era la señora de Rodrigo y solo lo acompañaba a él.

Ahora que él e Isabela eran un matrimonio legal, Elías pensó que si no la llevaba al banquete, la gente podría sospechar que su relación matrimonial no era buena.

—¿Así que quieres hacer las paces conmigo?

Isabela miró de reojo el vaso con el menjurje. —No es imposible. Bébetelo y haremos las paces. Pero, en cuanto a acompañarte al banquete esta noche, eso es trabajo extra que me estás asignando.

—Tendrás que pagarme horas extras. ¿Efectivo? ¿Transferencia? ¿O te paso mi CLABE?, cualquiera me sirve.

Elías no supo qué decir por un momento. —¡Solo piensas en dinero!

A pesar de su queja, el señor Silva, sintiéndose culpable, sacó su celular y le transfirió cincuenta mil pesos a Isabela como pago por las horas extras de esa noche.

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