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Meta de renacer: O me hago rica, o me hago viuda romance Capítulo 140

¿Estás dispuesto a enseñarme?

—No tengo tiempo.

—¿No acabas de decir que si no entendía algo, te preguntara?

Elías se quedó sin palabras.

—Elías, invertir en microseries no es una solución a largo plazo. Para ganar dinero de verdad, necesito cambiar de sector. ¿Podría aprender a invertir contigo?

—Si tienes algún proyecto rentable en tu empresa, déjame participar con una pequeña parte. Me conformo con las migajas, no soy ambiciosa. Tú te quedas con el pastel.

En todo Nuevo Horizonte, la persona más hábil para los negocios y las inversiones era, sin duda, Elías. Ni siquiera su archienemigo, Arturo Rivas, podía compararse con él.

La familia Rivas era la segunda más poderosa de la ciudad, solo superada por los Silva. En el pasado, habían sido la familia más rica, pero los Silva los habían superado, y desde entonces, la familia Silva se había mantenido en la cima de Nuevo Horizonte, mientras que los Rivas eran los eternos segundos.

Con la nueva generación al mando, Elías y Arturo, la rivalidad se había intensificado, convirtiéndolos en enemigos acérrimos.

En realidad, las industrias en las que operaban sus familias solo coincidían en una pequeña parte; sus principales fuentes de ingresos eran diferentes.

La disputa entre ellos no era más que por el título de la familia más rica de Nuevo Horizonte.

Si Isabela lograba invertir junto a Elías, solo tendría que sentarse a ver cómo crece su cuenta bancaria.

—No tienes capital.

Una sola frase de Elías la dejó sin palabras.

Era cierto, no tenía capital.

El dinero inicial para su negocio había sido una limosna de este hombre.

Él mismo había dicho que los proyectos de inversión de su empresa se contaban por cientos de millones. ¿Acaso ella tenía un patrimonio de esa magnitud?

Era imposible hacer un negocio sin invertir un solo peso.

Él le había dado diez millones para emprender, pero solo para mantenerla ocupada y evitar que molestara a la mujer que él amaba.

Para ella, que antes ganaba unos pocos miles de pesos al mes, la asignación que Elías le daba ya era una fortuna.

—Dicen que te doy demasiado dinero, que no lo gastas todo y por eso se te ocurre la idea de emprender. Dicen que deberías quedarte en casa, cuidarme, y ser una buena señora Silva.

—Y… darme un par de niños regordetes.

En realidad, esas palabras eran de su madre, pero Elías no lo dijo explícitamente para no agravar el conflicto entre ellas.

Isabela soltó su brazo de inmediato, como si estuviera cubierto de veneno.

Ese gesto tan brusco molestó profundamente a Elías. Con el rostro sombrío, le ordenó con voz grave:

—¡Sujétate bien de mi brazo!

—Me da miedo que de verdad quieras que te dé un par de niños regordetes. Elías, somos un matrimonio de papel. Soy tu peón, y nunca debo olvidar mi lugar.

—Mejor… no te toco. No vaya a ser que de tanto roce, de verdad terminemos con un par de niños, ¿y entonces qué?

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