—¡Isabela, discúlpate con tu cuñada, ahora mismo!
El rostro de Elías se ensombreció aún más, su expresión era feroz mientras exigía que Isabela se disculpara con Jimena.
—¿Por qué debería disculparme? Yo no lo hice. ¡Si no lo hice, no lo admitiré y no me disculparé!
Isabela se negó a bajar la cabeza, obstinada.
Ella no había hecho nada malo.
Bueno, sí se había equivocado.
Su error fue subestimar a su enemiga y caer en la trampa de Jimena.
Álvaro no pudo evitar hablar en defensa de Isabela, tratando de razonar con Elías:
—Elías, no parece que Isabela esté mintiendo. Sería mejor aclarar las cosas antes de sacar conclusiones.
A Elías no le gustaba nada que Álvaro defendiera a Isabela.
Sospechaba seriamente que a Álvaro le gustaba Isabela. Desde que se enteró de que su matrimonio era solo una estrategia, Álvaro no dejaba de recriminarle por herir a Isabela y jugar con sus sentimientos.
Decía que Isabela era inocente y que no debería haberla involucrado en su triángulo amoroso.
La última vez en la playa, Álvaro le había comprado un papalote a Isabela. Aunque después Elías le pagó los doscientos pesos, el incidente se le había quedado clavado como una espina.
Su mejor amigo deseaba a su esposa.
Aunque a él también le gustaba la esposa de su amigo de la infancia, su situación era diferente a la de Álvaro.
Él, Rodrigo y Jimena habían crecido juntos, con una amistad de más de veinte años que había forjado un vínculo profundo.
Álvaro, en cambio, deseaba a Isabela a sabiendas de que era su esposa.
—Álvaro, no tienes que defenderla. Es mi esposa, conozco perfectamente su carácter. Estoy seguro de que fue ella.
Melina comentó con frialdad:
—Supongo que aquí hay cámaras de seguridad, ¿no? Señor Silva, ¿por qué no las revisa? Así sabremos si Isabela le tiró el jugo a su cuñada o si fue Jimena quien montó un numerito para incriminarla.
Isabela le lanzó una mirada de agradecimiento a Melina.

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