—En cuanto la verdad de las cámaras saliera a la luz, ¿dónde quedaría la reputación de tu señora Jimena?
Elías guardó silencio un buen rato antes de decir:
—Dices que Jimena se tiró el jugo encima a propósito. ¿Por qué haría algo así?
»Ella no debería actuar de esa manera. Es tan amable, tan buena... no debería hacer esas cosas.
Isabela seguía comiendo su sándwich sin siquiera mirarlo. Tenía hambre, y en ese momento, comer era lo más importante.
—Elías, sé que prefieres a mi querida cuñada, pero no estás ciego ni eres tonto. En el fondo, lo sabes todo, pero como la amas, eliges ser tolerante, eliges hacerte el ciego para no ver su maldad.
»¿Que por qué lo hizo? Porque me vio platicando muy animadamente con la señorita Morales y las demás, y le dio envidia que yo socializara tan bien. En cuanto ella llegó, ellas se fueron. A pesar de ser también una heredera, no puede hacerse amiga de las más influyentes.
»Además, al ver que actuábamos tan convincentemente, se puso celosa y me envidió. Me dijo que no me hiciera ilusiones, que aunque me casara contigo, solo sería tu esposa de nombre y que no podría asegurar mi puesto como señora Silva.
»También dijo que si te pedía que te divorciaras de mí, lo harías sin dudar. Elías, hablando en serio, si te lo pide, divórciate de mí. Estar atados así no es bueno para nadie.
»Pero, como me utilizaste y jugaste con mis sentimientos, causándome un profundo dolor emocional, si nos divorciamos, tendrás que darme una compensación. Mínimo cinco millones de pesos.
»Porque después de que jugaste conmigo, me será muy difícil volver a confiar en un hombre o en el amor. Si por tu culpa no me vuelvo a casar y termino sola el resto de mi vida, tendrás que pagarme mucho más.
Elías:
—...¿Puedes dejar de comer un momento?
Verla comer le estaba dando hambre a él también.
En el hotel no había probado bocado, solo bebió un poco.
Sí, él también tenía hambre.
¿Por qué se había hecho el duro cuando ella le ofreció hace un rato? Ahora, viéndola comer con tanto gusto, a Elías se le antojaba.
¡Qué demonios!
El gran señor Silva, acostumbrado a los manjares más exquisitos, de repente deseaba el sándwich de su esposa.
¡Y encima le puso dos huevos fritos!

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