Isabela apartó rápidamente el celular de su oído. Esperó a que Elías terminara de gritar y luego se lo volvió a acercar.
—Si me hubiera muerto en la calle, tendrías que estar prendiéndome una vela para poder hablar conmigo.
—Dime, ¿qué quieres?
—Te pregunto, ¿por qué no has vuelto? —dijo Elías, conteniendo su ira.
—¿Y a ti qué te importa? ¿No dijiste que cada quien por su lado, sin interferir en la vida del otro? Que solo teníamos que fingir frente a amigos y familiares.
Elías se quedó sin palabras.
Sintió ganas de estrellar el celular contra el suelo.
Últimamente, sentía que cada interacción con Isabela era como dar golpes al aire.
Tras un momento, Elías suavizó su tono.
—Es que no me gusta comer solo. Te llamaba para que vinieras a cenar. Ana le pidió al chef que preparara muchos platillos deliciosos.
Isabela tenía buen apetito y le encantaba comer.
Hablarle de comida era una tentación a la que difícilmente se resistía.
Isabela pinchó un trozo de tuétano asado que acababan de traer; le encantaba untarlo en una tortilla.
—Cuando como en casa, los platillos en la mesa siempre son tus favoritos. Menos mal que no soy quisquillosa.
—Dime qué te gusta y le diré al chef que te lo prepare. En cada comida habrá algo que te guste.
— Estoy cenando cortes en el Sonora Grill, así que no voy a volver a cenar. Come tú solo —respondió Isabela.
Elías guardó silencio por un momento y luego dijo:
— Fuiste al Sonora Grill y ni siquiera me invitaste.
—¿Y por qué tendría que invitarte? ¿Nunca has comido un buen corte? Si se te antoja, solo tienes que pedirlo y tu gente te lo preparará al instante.
—Isabela, ¿puedes hablarme bien? —dijo Elías en voz baja.
—Creo que mi actitud es bastante buena. No te he insultado.
—Señor Silva, si no le gusta mi actitud y no la soporta, cuelgue el teléfono. No fui yo quien lo llamó.
—Te doy la mano y te tomas el pie.
—No me has dado ni un dedo.
Las dos miraron hacia la puerta de su reservado y vieron a Adrián. Isabela le guiñó un ojo a su amiga, y Mónica entendió el mensaje.
Sospechaba que Adrián probablemente había mandado a alguien a seguir a Mónica para poder crear estos encuentros “casuales”.
—¿Puedo pasar? —preguntó Adrián con una sonrisa.
Isabela sonrió sin decir nada, mientras que Mónica, con generosidad, lo invitó a entrar y a unirse a ellas.
Adrián estaba encantado; ese era su objetivo.
Entró, disculpándose con una sonrisa, y se sentó junto a Mónica.
Isabela llamó al mesero para que le trajera un juego de cubiertos a Adrián.
—Señor Delgado, vea si quiere algo más. ¿Pedimos otros platillos? —preguntó Mónica.
Adrián vio que todavía había bastante carne y guarniciones en el centro de la mesa.
—Ya pidieron bastante, no hace falta más. Yo no como mucho —dijo.
Como dijo eso, no pidieron nada más.

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