Isabela llevó primero a su amiga a casa.
Se detuvo en la entrada del complejo residencial de Mónica.
—¿No subes un rato? —le preguntó Mónica mientras se quitaba el cinturón de seguridad.
—No, mejor me voy. Quién sabe, igual y hasta me toca pelear cuando llegue.
—Si de verdad ya no aguantas, divórciate —dijo Mónica con lástima—. Ya conseguimos inversionistas. Aunque dejes a Elías, tenemos nuestros propios recursos.
—Me voy a divorciar, pero no ahora. Después de cómo me usó, ¿no sería una tonta si no le saco algo de provecho?
—Además, hacerlo enojar de vez en quando me hace sentir bien —admitió Isabela, reconociendo su sed de venganza.
—No te preocupes, sé cuidarme sola.
—Si necesitas ayuda, solo dime.
Isabela sonrió. —Lo haré. Eres mi mejor amiga.
Mónica entró al complejo, e Isabela no arrancó el carro hasta que la vio desaparecer. Luego, condujo a casa.
Al llegar, Ana salió a recibirla. Esperó a que estacionara y luego se acercó a la puerta del carro para cuando bajara.
«Qué actitud tan respetuosa. Ni en dos vidas la había visto así».
Parece que Elías sigue enojado y solo me está esperando para desquitarse conmigo».
—Señora Silva, qué bueno que regresó.
Isabela asintió. —Ya volví.
Se dirigió a la casa y, mientras caminaba, preguntó:
—¿Cómo está Elías?
Elías terminó de correr, bajó de la caminadora, tomó una toalla para secarse el sudor y, al darse la vuelta, vio a Isabela.
Sus miradas se encontraron.
Al segundo siguiente, Elías casi se cae de la caminadora. Su cara, ya enrojecida por el ejercicio, se puso aún más colorada.
«Vaya, este tipo todavía es muy inocente en estos temas».
—Vaya, no sabía que te sonrojabas.
En cuanto Isabela dijo eso, la cara de Elías se ensombreció.
—¡Isabela!
—No tienes que gritar, no estoy sorda.
—¡Hasta que te dignas a volver! —le gritó él, intentando ocultar su vergüenza.

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