— Te autoinvitaste a la cena, ¿verdad?
Una voz fría preguntó a sus espaldas.
Adrián ni siquiera tuvo que voltear para saber que era su prima, Irene Delgado, la heredera de la familia Delgado. Actualmente, Irene era la presidenta ejecutiva del Grupo Delgado, mientras que Adrián, el sucesor designado, era por ahora solo el vicepresidente.
Necesitaba seguir esforzándose hasta que sus habilidades igualaran a las de su prima para poder tomar las riendas de verdad.
—Mónica no está interesada en ti.
Irene seguía mirando en la dirección en la que se había ido el carro de Isabela. Se había hecho pasar por una mesera del restaurante para entrar al privado donde estaban los tres y así poder observar a Mónica de cerca.
Era la chica que le gustaba a su primo.
También fue ella quien había mandado a alguien a seguirle la pista a Mónica para orquestar encuentros casuales entre ella y Adrián en el momento oportuno.
Los primos tenían la misma edad, con apenas seis meses de diferencia.
Crecieron juntos y, aunque no eran hermanos de sangre, su relación era incluso más cercana que la de muchos que sí lo eran.
Irene anhelaba que su primo tomara el control pronto para que ella pudiera dedicarse a lo que realmente le gustaba.
La carga de la familia era pesada y agotadora.
—Vámonos a casa.
Irene le quitó el saco de las manos y se lo colocó sobre los hombros.
—Ustedes todavía no están en ese punto. No va a aceptar tu saco.
Ella empezó a caminar.
Adrián tomó rápidamente un paraguas de uno de los guardaespaldas que venían detrás y corrió para alcanzarla y cubrirla.
—Prima, de verdad me gusta Mónica.
—Lo sé. Por eso te estoy ayudando.
El rostro frío y elegante de Irene mostró una suavidad inusual.


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