—Señora Silva, acabo de preparar caldo de pollo. ¿Qué le parece si le lleva un poco al señor Silva?
Isabela, sosteniendo el plato de fruta, dijo mientras comía:
—Lo voy a pensar.
—Señora Silva, ahora mismo se lo sirvo para que se lo lleve al señor Silva.
Ana sonrió y se dio la vuelta para ir a la cocina.
Isabela no la detuvo.
Considerando todo el oro que Elías le había regalado, decidió que haría el viaje.
—Ana, primero sírveme un tazón a mí. Me tomo el caldo y luego se lo llevo. Ah, y ponme la pieza más jugosa.
Ana soltó una risita.
—Entendido.
Diez minutos después, Isabela salió de casa con dos termos de comida.
Iba a llevarle caldo de pollo a Elías.
El otro termo contenía su propio almuerzo. Ana le había dicho que volviera a comer después de entregar el caldo, pero a ella le pareció una pérdida de tiempo. Le pidió a Ana que se lo empacara todo para poder almorzar en la oficina de Elías después de entregarle el caldo.
Luego, podría ir directamente a trabajar al estudio.
Mucho más práctico.
Ana le había preparado almuerzo para dos personas.
***
El trayecto desde la mansión de Elías hasta el Grupo Silva no era largo. Sin tráfico, eran unos diez minutos en carro; con tráfico, era otra historia.
Cuando Isabela salió, aún no era la hora pico, así que no había tráfico. Tardó unos doce o trece minutos en llegar al Grupo Silva.
Justo en ese momento, Elías salía acompañando a Irene.
La pareja se encontró en la entrada del edificio de oficinas.
—Presidenta Irene.
Isabela vio a Irene y la saludó con entusiasmo.

VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Meta de renacer: O me hago rica, o me hago viuda