Se había comido hasta su porción, era normal que se sintiera llena.
Realmente tenía buen apetito.
Isabela terminó de lavar el termo y, mientras lo sacudía para quitarle las gotas de agua, se acercó a Elías.
—¿Dejo el termo aquí o me lo llevo?
—¿A qué hora vuelves a casa?
—No sé, puede que tarde. Depende de si estoy ocupada.
Elías frunció el ceño.
—¿No dijiste que ya todo estaba listo? ¿En qué más podrías estar ocupada?
—¿Crees que solo estoy produciendo una serie? También tengo que leer un montón de guiones y discutir las tramas con los guionistas. Estoy muy ocupada.
—Hablas como si estuvieras más ocupada que yo, el presidente de un gran grupo. A ver cuánto dinero ganas con tanto ajetreo. No vayas a perder hasta la camisa y vengas a llorar a casa, ¿eh?
Isabela sonrió.
—Descuida, no voy a llorar. Solo vendré a aferrarme a tu billetera y a pedirte dinero para seguir con mi negocio.
Elías se quedó sin palabras.
La estaba usando como su cajero automático.
«Para eso y nada más sirves», pensó Isabela para sus adentros.
—Oye, parece que llevas un tiempo sin ir a tu antigua casa. ¿No extrañas a tu mamá? —Elías cambió de tema.
— Ya estoy grandecita, no necesito a mi mamá. Ella está muy bien en la casa de los Méndez, no tengo de qué preocuparme. Con que sepa que yo estoy bien, es suficiente.
»¿Qué pasa? ¿Extrañas a tu amorcito? ¿Necesitas que te organice una visita?
Elías recordó que había rechazado la colaboración con el Grupo Méndez. Si iba a la casa de los Méndez, Jimena seguramente le preguntaría al respecto. No podría negarse a responderle, pero tampoco quería retractarse, sobre todo porque ya había firmado el contrato con el Grupo Delgado.
La mejor solución era evitar verla.
—No, no hace falta. Estoy muy ocupado, en un par de días probablemente tenga que salir de viaje.
—¿A dónde?
—A San Valerio.
—¿Por cuántos días? —volvió a preguntar Isabela.
—Si todo va bien, de tres a cinco días. Si se complica, de diez días a medio mes.

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